¿Dice la Biblia algo sobre cómo procesar, manejar y/o superar el dolor?

El dolor ocurre en muchos casos, como cuando nuestros planes se descarrilan, cuando nuestros sentimientos son lastimados y, por supuesto, cuando muere un ser querido. Es importante saber que Dios también experimenta dolor y que a menudo se conduele con nosotros.

Cuando Dios creó el mundo, no había pecado presente y todo fue declarado "muy bueno" (Génesis 1:31). Sin embargo, en el tiempo de Noé, "Al ver el Señor que la maldad del ser humano en la tierra era muy grande, y que todos sus pensamientos tendían siempre hacia el mal, se arrepintió de haber hecho al ser humano en la tierra, y le dolió en el corazón. "(Génesis 6: 5-6). El plan perfecto de Dios para las relaciones correctas en Su creación había sido arruinado por el pecado y la Biblia registra que le causó dolor al corazón de Dios. La raíz hebrea asociada con "dolor" significa literalmente "tallar". Implica preocupación, dolor, enojo o herida. No es que Dios se sorprendiera por lo que sucedió, pero aun así experimentó dolor por ello. Cuando experimentamos dolor por planes que ya no se harán realidad, por relaciones rotas, por la naturaleza destructiva del pecado y cosas por el estilo, en realidad estamos compartiendo el dolor que Dios ha experimentado desde la caída del hombre.

Al recitar algo de la historia de Israel, el Salmo 78 dice: "No fue su corazón sincero para con Dios; [...] ¡Cuántas veces se rebelaron contra él en el desierto, y lo entristecieron en los páramos!" (Salmo 78:37, 40). Dios experimentó dolor cuando Su pueblo se apartó de Él y "no fueron fieles a su pacto." (Salmo 78:37). Cuando experimentamos dolor como resultado de la traición o la desilusión de alguna otra manera, estamos compartiendo un dolor familiar para nuestro Dios.

Cuando murió Lázaro, el amigo de Jesús, la Biblia dice que "Al ver llorar a María [la hermana de Lázaro] y a los judíos que la habían acompañado, Jesús se turbó y se conmovió profundamente. [...] Jesús lloró" (Juan 11:33, 35). Aquí vemos que cuando Jesús experimentó la muerte de un ser querido, se entristeció profundamente aun sabiendo que Lázaro resucitaría (Juan 11:23). Jesús entró en el dolor de la gente. La realidad de la muerte y su dolor asociado lo conmovieron. Dios se entristece con nosotros cuando sufrimos la pérdida de un ser querido.

Con estos ejemplos, entendemos que el dolor es una respuesta apropiada e incluso piadosa al quebrantamiento que experimentamos en este mundo. Eclesiastés dice: "Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo [...] un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto" (Eclesiastés 3: 1, 4). Pablo les escribió a los tesalonicenses: "Hermanos, no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que ya han muerto, para que no se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza." (1 Tesalonicenses 4:13). Entonces nuestro duelo tiene un momento apropiado y debe caracterizarse por la esperanza.

Comprender la idea del tiempo puede permitirnos la libertad de abrazar completamente nuestro dolor de una manera bíblica. En Números 19:14, Dios declaró que las personas que habían estado en contacto con un cadáver eran impuras por un período de siete días. Por lo tanto, cuando un pariente cercano moría, se esperaba que la familia solo se quedara en casa y lloraran juntos en una práctica que se conoce como "sentarse en shiva" o "sentarse durante siete días". Pasados esos siete días, llegó el momento de reanudar el baño, la comida y la asistencia a los servicios religiosos, pero el tiempo de duelo, aunque de forma menos intensa, se prolongaba otros veintitrés días. Así, vemos en Números 20:29 que "[…] cuando el pueblo se enteró de que Aarón había muerto, lo lloró treinta días." Más tarde, "Durante treinta días los israelitas lloraron a Moisés en las llanuras de Moab […]" (Deuteronomio 34: 8). La vida de la gente estuvo ensombrecida por el dolor durante todo un mes durante este tiempo de duelo. Sin embargo, el versículo continúa diciendo: "[…] guardando así el tiempo de luto acostumbrado." (Deuteronomio 34: 8). Hubo un momento para llorar intencionalmente y un momento para seguir adelante después de experimentar una gran pérdida. Ver cómo otros personajes bíblicos lograron este avance puede darnos un ejemplo a seguir.

Cuando Jacob murió entre sus hijos en Egipto, José tomó la iniciativa de hacer los arreglos para el entierro de su padre. Después de haberlo embalsamado y "Pasados los días de duelo" (Génesis 50: 4), José llevó el cuerpo de su padre de Egipto a su tierra en Canaán para sepultarlo. Lo acompañaban "[…] todos los familiares de José, es decir, sus hermanos y los de la casa de Jacob." (Génesis 50: 8), así como los siervos del Faraón y los ancianos de la tierra de Egipto (Génesis 50: 7). En resumen, fue "[…] un cortejo muy grande." (Génesis 50: 9). Además, "[…] hicieron grandes y solemnes lamentaciones. Allí José guardó luto por su padre durante siete días." (Génesis 50:10). Entonces José reunió a amigos y seres queridos para llorar juntos. Cuando Abraham murió, sus hijos, Isaac e Ismael, se reunieron para enterrarlo (Génesis 25: 9). Y cuando Isaac murió, sus dos hijos, Esaú y Jacob, se reunieron para enterrarlo también (Génesis 35:29). Entonces, una forma de prepararse para seguir adelante después de una pérdida es reunirse con aquellos que han sufrido la misma pérdida y llorar juntos. Compartir nuestro dolor puede ser un gran consuelo. Quizás por eso Pablo ordenó a los romanos "[…] lloren con los que lloran." (Romanos 12:15).

Cuando la amada esposa de Jacob, Raquel, murió al dar a luz, él "erigió una estela" sobre la tumba (Génesis 35:20). Marcó el lugar de su entierro con un recordatorio físico de su amor por ella. Esta estela podría ser visitada en momentos de extrañarla y les recordaba a otros la pérdida que sintió. Con esta estela visible en su lugar, Jacob "[…] siguió su camino y acampó más allá de Migdal Edar." (Génesis 35:21). Colocar recordatorios físicos de nuestra pérdida puede ayudarnos a seguir adelante.

Cuando el hijo de David estaba muriendo, David ayunó y se acostó en el suelo suplicando a Dios y llorando (2 Samuel 12:16, 22). Sin embargo, cuando el niño falleció, "Entonces David se levantó del suelo y en seguida se bañó y se perfumó; luego se vistió y fue a la casa del Señor para adorar. Después regresó al palacio, pidió que le sirvieran alimentos, y comió." (2 Samuel 12:20). Hay algo que decir acerca de simplemente poner un pie delante del otro y volver a las actividades normales, especialmente cuando se trata del cuidado personal. David se lavó, se cambió de ropa y comió. Él se ocupó de las necesidades físicas de su cuerpo, pero también se ocupó de sus necesidades espirituales porque fue a la casa del Señor y adoró. De manera similar, Job se ocupó de sus necesidades espirituales porque incluso durante su tiempo de duelo, "Al llegar a este punto, Job se levantó, se rasgó las vestiduras, se rasuró la cabeza, y luego se dejó caer al suelo en actitud de adoración. Entonces dijo: ‘Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo he de partir. El Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!’" (Job 1: 20-21). Aquí vemos que adorar a Dios es un paso importante para avanzar a través de nuestro dolor mientras volvemos a ocuparnos de nuestras propias necesidades.

Después de que David volvió a su cuidado personal normal, "David fue a consolar a su esposa" (2 Samuel 12:24). David reconoció que su esposa todavía estaba sufriendo y aún no estaba lista para seguir adelante. Así que cariñosamente se acercó a ella para consolarla en su momento de duelo. Extender la mano para ayudar a los demás, sin enfocarnos en nosotros mismos, también nos ayuda a superar el dolor. Pablo escribió a los corintios "con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren." (2 Corintios 1: 4). Parte de la superación del dolor es compartir el consuelo que se nos ha brindado con aquellos que todavía están sufriendo.

Pablo escribió que no nos entristecemos “como esos otros que no tienen esperanza." (1 Tesalonicenses 4:13). Cuando los siervos de David le preguntaron cómo podía seguir adelante después de un tiempo de duelo tan intenso, él respondió: "Ahora que ha muerto […] Yo iré adonde él está, aunque él ya no volverá a mí." (2 Samuel 12:23). David tenía la esperanza de unirse a su hijo cuando él mismo falleciera. Pablo explicó la esperanza que los tesalonicenses debían tener diciendo: "¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él." (1 Tesalonicenses 4:14). Nuestra esperanza y consuelo provienen del hecho de que algún día nos reuniremos con nuestros seres queridos que también confiaron en la muerte y resurrección de Jesús. Debemos llorar con la mirada puesta en la futura esperanza de volver a ver a nuestro ser querido.

Cuando los israelitas estaban afligidos por sus propios defectos después de escuchar la lectura de la Ley, Nehemías dijo: "No estén tristes, pues el gozo del Señor es nuestra fortaleza" (Nehemías 8:10). Ya sea que estemos afligidos por nuestros propios pecados, la muerte de un ser querido, planes fallidos o alguna otra decepción, acercarnos a Dios es nuestra única opción viable. Santiago ordenó: "Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes." (Santiago 4: 8).

En nuestro intento por superar el dolor, hay algunas cosas que debemos recordar. Primero, el dolor es una emoción normal y piadosa. En segundo lugar, el dolor puede ser abrumador, especialmente al principio, y no debe apresurarse. En tercer lugar, hay un momento para seguir adelante. En cuarto lugar, reunirnos, establecer recordatorios visibles, ocuparnos de nuestras necesidades físicas y espirituales y tender la mano para consolar a los demás son formas prácticas de avanzar. Y finalmente, aferrarnos a la esperanza de la resurrección y permitir que el gozo del Señor sea nuestra fuerza nos sostendrá mientras recorremos el largo camino para superar el dolor.



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