¿Qué enseña la Biblia sobre la tristeza?

La tristeza es, en última instancia, el resultado del pecado en la tierra, lo que la convierte en una parte inevitable y normal de la vida. El pecado que causa tristeza puede ser tu propio pecado personal o el pecado de otros que te hacen sentir agobiado, como Jeremías llorando por los pecados de Israel. Lloró tanto que fue conocido como "El Profeta Llorón".

Puede ser fácil sentirse abrumado por la tristeza y el dolor, especialmente cuando se debe a que otras personas te maltratan. Esto es algo sobre lo que escribe David a lo largo del libro de los Salmos. "¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón? ¿Hasta cuándo el enemigo me seguirá dominando?" (Salmo 13: 2). David también llora por la culpa de su propio pecado: "La vida se me va en angustias, y los años en lamentos; la tristeza está acabando con mis fuerzas, y mis huesos se van debilitando." (Salmo 31:10).

En la parábola del hijo pródigo, el hijo siente una gran tristeza cuando se da cuenta del impacto negativo que sus pecados han tenido en su vida. El hijo regresa a su padre, se arrepiente de su pecado y encuentra el perdón (Lucas 15: 11-24). Esta parábola muestra que el arrepentimiento es la forma de lidiar con éxito con la tristeza que viene como resultado de nuestro propio pecado. El pecado debe llevar a una convicción piadosa, el tipo de dolor que obliga a uno a arrepentirse: "La tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte.” (2 Corintios 7:10).

Otra razón para la tristeza es el hecho de que vivimos en un mundo caído y maldecido por el pecado. Job experimentó más pérdidas que tal vez cualquier otra persona, perdiendo a sus hijos y todas sus riquezas y posesiones (Job 1-2). La parte más difícil de esta situación es que Dios permitió que esto sucediera sin dar a Job una razón específica de por qué (Job 38-42). Satanás provocó caos en la vida de Job, pero al final Dios le recompensó mucho más de la cantidad que había perdido. "Porque mis pensamientos no son los de ustedes, ni sus caminos son los míos —afirma el Señor—. Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!" (Isaías 55: 8 –9). Puede que no entendamos el "por qué" detrás de nuestra tristeza, pero Dios promete estar con nosotros mientras caminamos a través de la tristeza: "El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido." (Salmo 34:18).

La tristeza puede llevar a la acción. Nehemías se llenó de gran tristeza cuando se enteró de que su ciudad estaba en ruinas. Lloró, ayunó y oró por su ciudad, lo que lo obligó a actuar. La tristeza hizo que Nehemías orara y buscara al Señor y, finalmente, lo llevó a que Dios le abriera la puerta para que reconstruyera su ciudad con la bendición del rey (Nehemías 1–2). Incluso en medio de nuestra tristeza, podemos confiar en que los caminos de Dios son perfectos: "El camino de Dios es perfecto; la palabra del Señor es intachable. Escudo es Dios a los que en él se refugian." (Salmo 18: 30).

Jesús fue conocido como "un varón de dolores" (Isaías 53: 3), y su vida en la tierra se caracterizó por el dolor y las circunstancias difíciles. Después del nacimiento de Jesús, su familia se vio obligada a huir a Egipto para proteger su vida de Herodes (Mateo 2: 13-20). Cerca del tiempo de su muerte, Jesús estaba extremadamente triste, sabiendo el destino que estaba a punto de sobrevenirle (Mateo 26:38). En la cruz, Jesús gritó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (ver Mateo 27:46). Jesús no era ajeno a la tristeza. Cuando te sientas triste, anímate al recordar que estás siguiendo los pasos de Jesús, volviéndote más como Él. Recuerda también que Él está contigo en medio de tu dolor (Juan 16:33; Mateo 28:20).

Dios siempre nos da la fuerza que necesitamos para perseverar en las circunstancias que nos traen tristeza, y salimos más fuertes del otro lado (1 Corintios 10:13). Dios ha prometido reemplazar nuestro "tristeza y el gemido" con "alegría y el regocijo" (Isaías 35:10). Mientras tanto, es nuestra responsabilidad glorificar a Dios en medio de nuestros dolores para que Jesús pueda ser revelado (1 Pedro 1: 6–7). Tenemos la esperanza de que aunque “[…] por la noche hay llanto, por la mañana habrá gritos de alegría." (Salmo 30: 5).



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