Jesús era judío hebreo, nacido en Belén y criado en Nazaret, con una genealogía que se remonta a Abraham y David. La Biblia no describe Su aspecto físico, subrayando que Su raza o apariencia no son lo que le definen a Él.
Históricamente, los artistas han representado a Jesús reflejando su propia cultura, pero Jesús parecía judío: probablemente tenía la piel morena, los ojos marrones y el pelo oscuro, y seguía las costumbres y tradiciones judías de Su época.
Jesús vino a salvar a todas las personas, independientemente de su raza, uniendo a la humanidad a través de la fe en Él. Aunque tu etnia y tu cultura son valiosas, tu identidad principal está en Cristo, que trasciende todas las fronteras raciales y culturales.
A lo largo de la historia, la gente ha representado a Jesús como un reflejo de su propia raza. En la Edad Media, muchos artistas empezaron a representar a Jesús como un caucásico de pelo castaño claro, ondulado y ojos azules. Pero esta imagen dista mucho de la realidad.
Jesús era judío. Siendo un judío hebreo, probablemente habría tenido piel morena u olivácea, pelo entre castaño y negro, y ojos marrones; pero la Biblia no te da ningún detalle sobre la apariencia de Jesús como hombre. Tener una comprensión realista de la raza de Jesús es útil para que no lo tergiverses ante el mundo, pero Su raza no es lo más importante acerca de Él.
Jesús es el único Salvador para todas las personas, sin importar su origen étnico (Hechos 4:12; Juan 3:16-18). Él acoge a los “de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas” (Apocalipsis 7:9). Cualquier persona —sea cual sea su raza— que se aparte del pecado y acuda a Jesús con fe, puede ser perdonada de sus pecados y convertirse en hijo de Dios (Juan 1:12-13).
Está muy bien que valores tu origen étnico, tu cultura y tu herencia; después de todo, son parte de lo que te hace ser quien eres. Pero la Biblia te dice que la raza no es lo más importante. Todos los seres humanos están hechos a imagen de Dios (Génesis 1:26-27). Todos los seres humanos han pecado y están separados de Dios (Romanos 3:23; Romanos 6:23).
La Biblia habla del deseo de Dios de rescatar a las personas del pecado y llevarlas a una relación con Él. Los que se convierten en hijos de Dios por la fe en Jesucristo (Efesios 2:8-9) son familia entre sí y forman parte del cuerpo de Cristo. Tu identidad principal se encuentra en Cristo, y tu ciudadanía definitiva está en el cielo (Filipenses 3:20).
La Biblia habla del deseo de Dios de unir a todos los pueblos en Él: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Cristo vino a todas las razas “para crear en Él mismo de los dos un nuevo hombre”, y no hizo distinción de raza, etnia, cultura o apariencia (Efesios 2:15).
Incluso durante Su ministerio público a los judíos, Jesús fue en contra de sus actitudes racistas. Jesús no rechazó a nadie que acudiera a Él, ni a la mujer samaritana que la cultura judía habría rechazado (Juan 4:1-42) ni al centurión romano (Mateo 8:5-13).
Sus discípulos aprendieron que el Espíritu Santo se daba a todos los que ponían su fe en Jesús, incluidos samaritanos y gentiles (Hechos 8:14-17; Hechos 10:44-48). Pedro comprendió que: “Ciertamente ahora entiendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación el que le teme y hace lo justo, le es acepto” (Hechos 10:34-35).
Jesús era judío, pero vino tanto para los judíos como para los gentiles (es decir, todas las demás razas). Jesús puede unir a todas las personas por encima de todas las fronteras; Él invita al forastero a formar parte de Su familia. Efesios 2:14-19 declara: “Porque Él mismo es nuestra paz, y de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, poniendo fin a la enemistad en Su carne, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Él mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz, y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad. Y vino y anunció paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. Porque por medio de Cristo los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios”.
Jesús pertenecía a la raza humana, y Su obra redentora, realizada mediante Su muerte en la cruz y Su resurrección, se ofrece a toda la humanidad.