Dios atrae a las personas a la salvación revelándose a través de la creación, dando a conocer Su existencia y gloria a todos. Debido a nuestra naturaleza pecaminosa, nunca buscaríamos a Dios por nosotros mismos, pero Él inicia el proceso poniendo el deseo de creer en nuestros corazones. Esta atracción incluye convencernos de pecado y proporcionar el mensaje del evangelio que despierta la fe y el arrepentimiento.
Dios inicia nuestra salvación y nos llama a responderle. La salvación es enteramente una obra de la gracia de Dios, de principio a fin, asegurando que nadie pueda jactarse de sus propios esfuerzos. Nuestra respuesta a Su atracción nos lleva a la vida eterna.
A muchos les cuesta entender la relación entre el hecho de que Dios «atraiga» a una persona a la salvación y la decisión humana de creer en Jesús como Señor. La Biblia presenta ambos aspectos como esenciales para la salvación. Sin embargo, está claro que es Dios quien inicia el proceso, quien provee el camino de salvación a través de Jesús, y quien provee la fe necesaria para que una persona crea en Su nombre. Cada parte del proceso se debe a la inmensa gracia de Dios, aunque indudablemente se requiere una respuesta humana al poner la fe en Cristo.
Efesios 2:8-9 es un maravilloso resumen de esta dinámica:
“Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”
La salvación es un don inmerecido de Dios provisto por Su gracia. La recibimos por medio de la fe, experimentando la salvación que solo Dios puede proporcionar.