¿Qué es un forastero en la Biblia?

En español, un "forastero" significa una persona que vive temporalmente en un lugar. En la Biblia, hay dos palabras hebreas y dos palabras griegas en el texto original que a veces se traducen como "forastero" en las versiones en español.

En hebreo, la palabra towshab generalmente se traduce como forastero. Se refiere a alguien que vive en un país donde no es ciudadano de nacimiento o naturalizado, un extranjero residente, un inquilino, un emigrante o un extraño. La otra palabra hebrea, ger, sólo se traduce a veces como forastero, y a menudo como extraño o foráneo. Ahora bien, ger significa huésped, es decir, extranjero. Se refiere a alguien que vive fuera de su propio país. La palabra griega paroikeo se traduce como forastero y significa habitar cerca o vivir en un lugar sin ciudadanía. Por último, la palabra griega xenos, que se refiere a un extranjero, extraño, foráneo o huésped, también se puede traducir como forastero. En pocas palabras, un forastero es una persona que vive como extranjero temporalmente en un lugar que no es su hogar permanente.

Las Escrituras enseñan que todas las personas son forasteras aquí en la tierra. La naturaleza temporal de nuestras vidas queda reflejada en Santiago 4:14, donde se dice que no somos más que "neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece". David proclamó a Dios en el Salmo 39:5: "He aquí, diste a mis días término corto, Y mi edad es como nada delante de ti; Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive". Unos versículos más adelante, declara: "Porque forastero soy para ti, Y advenedizo, como todos mis padres" (Salmo 39:12).

El autor de Hebreos explica que quienes confiaban en Dios en la antigüedad, tal como se registra en el Antiguo Testamento, confesaban "que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria...anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad" (Hebreos 11:13-16). A los creyentes del Nuevo Testamento, Pedro les escribió: "Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma" (1 Pedro 2:11). Los creyentes a los que Pedro dirigió su carta eran "expatriados de la dispersión" (1 Pedro 1:1), por lo que no vivían en su tierra natal. Sin embargo, esa realidad terrenal servía para ilustrar la realidad espiritual de todos los creyentes en Jesucristo. En Filipenses 3:20 aprendemos que "nuestra ciudadanía está en los cielos".

Los creyentes, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se veían a sí mismos como forasteros que vivían como huéspedes temporales en la tierra anhelando su hogar permanente y eterno con Dios. Aunque muchas personas reconocen la naturaleza efímera de la vida, los creyentes se consideran aún más forasteros. No sólo sabemos que esta vida terrenal es temporal y que nos espera la eternidad con Cristo, sino que no encajamos en la tierra extraña del sistema mundano (Juan 15:18-20). Puede que algunas partes del mundo nos resulten muy cómodas y familiares, pero otras veces nos sentiremos como si fuéramos extranjeros viviendo en tierra extraña. Como dice la frase común, debemos estar en el mundo, pero no ser del mundo (ver Juan 17).

Jesús dijo a Sus discípulos: "No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mateo 6:19-21). Como forasteros en la tierra, entendemos que nuestras mejores inversiones son las que tienen valor eterno (ver también 2 Corintios 9:6; Gálatas 6:7-10).

Nuestra permanencia aquí tiene un propósito. Mientras estamos en esta tierra, "somos embajadores de Cristo" (2 Corintios 5:20), compartiendo la verdad del Evangelio con los demás para que ellos también puedan reconciliarse con Dios. Vivimos sin apego a las cosas del mundo, pero plenamente comprometidos con la vida. Los creyentes en Jesús son hijos de Dios que han recibido el privilegio de relacionarse con Él, con otros creyentes y de compartir Su amor, Su verdad y Su luz con el mundo (Juan 1:12; 13:34-35; Mateo 5:13-16; Hechos 1:8; 1 Pedro 3:15; Efesios 4:15). Tenemos mucho que aprender, mucho que disfrutar y mucho que compartir durante nuestro tiempo aquí.

Dos ejemplos claros y prácticos del propósito de nuestra peregrinación son José en Egipto y los israelitas en Babilonia. José fue vendido por sus hermanos a comerciantes de esclavos. Llegó a ser importante en la casa de Potifar, pero luego fue echado en la cárcel por una acusación falsa (Génesis 39). Sin embargo, así como el Señor había estado con José en su ascenso en la casa de Potifar, estuvo con José en la cárcel. El jefe de la cárcel puso a José a su cargo y "no necesitaba atender el jefe de la cárcel cosa alguna de las que estaban al cuidado de José, porque el Señor estaba con José" (Génesis 39:23). Posteriormente, José fue puesto en libertad después de interpretar el sueño del faraón. El faraón le encargó que preparara el país para la hambruna que se avecinaba, y José sirvió fielmente (Génesis 40-50). José dijo a sus hermanos: "En cuanto a vosotros, quisisteis mal contra mí, pero Dios lo quiso para bien, para que quedara mucha gente con vida, como hoy". La permanencia de José fue fundamental para salvar naciones: tuvo un propósito inmenso. José se veía a sí mismo como un siervo del Señor dondequiera que estuviera. Confiaba en que Dios cuidaría de él, le daba a Él la gloria y buscaba sinceramente el bien de los que le rodeaban.

De la misma manera, Daniel, aunque fue llevado a Babilonia como cautivo, se convirtió en un funcionario de confianza de líderes importantes en el mundo antiguo. Continuó sirviendo fielmente a Dios y también sirvió honorablemente a varios reyes. Su permanencia marcó una diferencia en el mundo. No todos los peregrinos están tan claramente vinculados a personas influyentes de la historia, aunque todos marcan la diferencia.

Jeremías les dijo a los judíos en Babilonia: "Así ha dicho el Señor de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella al Señor; porque en su paz tendréis vosotros paz" (Jeremías 29:4-7). Los israelitas sabían que su cautiverio duraría sólo setenta años, pero Dios les encomendó la tarea de formar hogares y buscar el bien de los habitantes de la tierra extranjera a la que habían sido desterrados. Debían vivir con un propósito, incluso durante su destierro. Dios le aseguró a Su pueblo, "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Señor, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice el Señor, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice el Señor; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar" (Jeremías 29,11-14). La peregrinación no es una mera espera o un intento de conseguir un propósito con trivialidades. Es la vida real que se vive en lugares reales con personas reales de una manera que es importante desde el punto de vista temporal y eterno.

La Biblia también habla específicamente de las personas que viven fuera de su patria terrenal, ayudándonos a entender cómo tratar a los forasteros y extranjeros en un sentido más literal. Dios dio múltiples instrucciones a los israelitas sobre cómo debían tratar a los forasteros que vivían con ellos. Deuteronomio 10:18 dice que Dios "ama también al extranjero dándole pan y vestido". Y ordenó: "No torcerás el derecho del extranjero" (Deuteronomio 24:17). Además de la justicia, el forastero debía recibir alimentos (Deuteronomio 14:29), ser invitado a sus fiestas (Deuteronomio 16:14) y descansar el día de reposo (Deuteronomio 5:14). Dios ordenó a Su pueblo diciendo: "Amaréis, pues, al extranjero", y luego dio una razón "porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto" (Deuteronomio 10:19).

Los israelitas debían identificarse con las dificultades de vivir en una tierra extranjera porque sus antepasados también habían vivido allí y sufrido las injusticias de la esclavitud. En lugar de un trato injusto y negligente, el pueblo de Dios debía actuar con cuidado y consideración hacia los extranjeros que vivían en medio de ellos. Por su parte, los forasteros debían acatar la ley del país. Dios declaró: "Un mismo estatuto tendréis vosotros de la congregación y el extranjero que con vosotros mora...como vosotros, así será el extranjero delante del Señor. Una misma ley y un mismo decreto tendréis, vosotros y el extranjero que con vosotros mora" (Números 15:15-16). Cuando Israel no aplicaba la ley con justicia a los forasteros que vivían entre ellos y no los trataba con cuidado, Dios aplicaba Su disciplina. Ezequiel 22:29-31 dice: "El pueblo de la tierra usaba de opresión y cometía robo, al afligido y menesteroso hacía violencia, y al extranjero oprimía sin derecho...Por tanto, derramé sobre ellos mi ira".

Jesús reiteró el mensaje de Dios de tratar a todos con dignidad y cuidado, subrayando la importancia de atender a los necesitados, incluidos los extranjeros que viven entre nosotros, en Mateo 25. Declaró: "Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis...De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis" (Mateo 25:42-45). Al igual que Jesús se identificó con los que se encontraban en situaciones desesperadas, nosotros también debemos hacerlo con los necesitados. En cuanto a los forasteros propiamente dichos, podemos ser más empáticos recordando que vivimos como forasteros en este mundo, anhelando nuestro hogar eterno como ciudadanos del reino celestial de Dios.



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