La divinidad de Jesús está atestiguada por las numerosas profecías mesiánicas que Él cumplió, tal y como se recogen en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: Su nacimiento humano virginal (Génesis 3:15; Isaías 7:14; Mateo 1:21), Su linaje desde Abraham y Su pertenencia a la tribu de Judá (Génesis 12:1-3; Mateo 1:1; Génesis 49:10; Lucas 3:23-24), Su nacimiento en Belén (Miqueas 5:2; Mateo 2; Lucas 2) y el rechazo de los judíos a Él como su Mesías (Isaías 53; Lucas 4:23-29).
Su autoridad divina quedó demostrada también a lo largo de Su vida y ministerio en la tierra, en los que expulsó demonios, tuvo autoridad sobre la naturaleza e hizo muchos milagros (Marcos 1:34; 4:39-41; Lucas 9:10-17; Juan 2:11). Fue Jesús, el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, quien hizo estos milagros, así como muchos otros (Juan 3:2; Juan 21:25).
Además, la impecabilidad de Jesús como el Cordero de Dios perfecto y sin mancha apunta directamente a Su divinidad, ya que ningún ser humano común puede ser perfecto; todos somos pecadores (Juan 8:46; 1 Pedro 1:19; Romanos 3:23). Una de las verdades más poderosas que apuntan a la divinidad de Jesús son Sus propias profecías cumplidas sobre Su muerte y resurrección (Juan 2:19-21; Juan 19:33; Mateo 27:62-66; 1 Corintios 15). Por último, Jesús aceptó la adoración de los demás, reconociendo así que Él era realmente el divino Hijo de Dios y el Hijo del Hombre mientras estuvo en la tierra (Mateo 14:33; Juan 9:38).
Hay muchos argumentos de peso que demuestran que Jesús es divino. Uno de los principales es que Jesús y Sus primeros seguidores se referían a Él con frecuencia como un ser divino. Esto incluía los títulos de Jesús como Cristo, Señor y Mesías, entre otros. Jesús aceptó estos títulos, así como la adoración de Sus seguidores.
Sin embargo, también demostró Su divinidad en la práctica. Cumplió muchas profecías del Antiguo Testamento, demostró autoridad absoluta sobre la naturaleza, sobre los demonios y sobre las enfermedades físicas, y era completamente impecable. Por último, Su muerte, resurrección y ascensión a los cielos evidenciaron sin lugar a dudas Su identidad como el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre.
Puedes encontrarte con quienes dicen que Jesús era solo un sabio maestro o un buen hombre, pero no Dios. Pero tales afirmaciones no hacen honor a las propias palabras de Jesús sobre Sí mismo. Él afirmó ser Dios (Juan 8:58; 10:30) y aceptó la adoración exclusiva de la deidad. Como reflexionó C. S. Lewis en Mero Cristianismo, quienes no aceptan la propia autoidentificación de Jesús deben concluir que mentía o que era un lunático, en cuyo caso no sería ni un maestro sabio ni un hombre bueno. La gente debe aceptar a Jesús como quien Él decía ser, o de lo contrario, el supuesto «Jesús» que admiran no es el Jesús real de la historia.
La evidencia bíblica y la lógica (como la de Lewis) te ayudan a defender la verdad, tal como el apóstol Pedro exhortó a los creyentes:
“Sino santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con mansedumbre y reverencia, teniendo buena conciencia, para que en aquello en que son calumniados, sean avergonzados los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo” (1 Pedro 3:15-16).