¿Qué es la santificación progresiva?

Muchos cristianos hablan de la progresión de la justificación, la santificación y la glorificación. La justificación ocurre al momento de la salvación. Es cuando somos declarados posicionalmente justos ante Dios basados en el sacrificio de Jesús. Es decir que ya no somos condenados por nuestros pecados y somos declarados inocentes. La santificación es lo que sucede durante la vida cristiana. Es cuando nos convertimos en justos en la práctica. Aunque nuestros pecados ya no nos condenan, todavía pecamos. En esta vida vivimos como inocentes ante Dios en nuestra nueva naturaleza en Cristo, pero aún luchamos contra la carne pecaminosa. Aún pecamos. La santificación es el proceso por el cual llegamos a pecar menos. Es el acto de ser conformados a la imagen de Cristo. La glorificación es lo que sucede cuando morimos (o somos tomados en el rapto). Es el momento en que somos posicionalmente justos y también justos en la práctica. La naturaleza del pecado se fue y somos justos en todos los sentidos.

El término santificación progresiva se refiere al hecho de que la santificación es un proceso. Lleva toda una vida completarlo. Sabemos que somos nuevas creaciones en Cristo (2 Corintios 5:17) y que en Él ya no somos esclavos del pecado sino esclavos de la justicia (Romanos 6). Sin embargo, también sabemos que todavía continuamos pecando. A medida que nos acercamos a Jesús, llegamos a pecar cada vez menos. También actuamos cada vez más con mayor rectitud.

Lo interesante es que también comenzamos a comprender cuán profunda es nuestra naturaleza pecaminosa, y de ese modo llegamos a apreciar aún más la obra de Jesús en la cruz y la gracia y el perdón de Dios. Aprendemos que no solo nuestras acciones necesitan ser modificadas, sino que nuestros corazones realmente necesitan ser transformados. Romanos 12: 1–2 habla de ser transformados por la renovación de nuestras mentes. A medida que el Espíritu Santo nos santifica, llegamos a pensar de manera diferente. Examinamos no solo nuestros comportamientos, sino también nuestros motivos. Y Dios cambia nuestros corazones de piedra en corazones de carne (Ezequiel 36:26). Él nos enseña a nosotros (quienes fuimos esclavos del pecado y lo buscábamos) que seamos libres en Cristo y lo sigamos. En el Sermón del Monte Jesús habla a los deseos del corazón. Aprendemos que la devoción tiene que ver no solo con la acción correcta, sino también con el deseo correcto. De manera similar, Santiago 1: 14–15 habla acerca de la tentación que comienza con el deseo. A medida que somos santificados, nuestros deseos comienzan a cambiar.

No es solo que nos deshacemos de los viejos hábitos o actos malos. Nos vestimos de los nuevos. Colosenses 3 habla sobre el vestirse de la "nueva naturaleza". En el Sermón del Monte, Jesús habló de ir más allá de la Ley del Antiguo Testamento y de amarse más activamente. En lugar de simplemente impartir justicia, Jesús llamó a las personas a amar a sus enemigos. En lugar de dar a las personas lo que se les debe, debemos extender el abundante amor de Dios. Gálatas 6:9–10 nos dice: "No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos. Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe."

La santificación progresiva se lleva a cabo durante toda la vida y en todos los aspectos de nuestras vidas. Podemos abandonar los hábitos pecaminosos en un área. Entonces Dios puede trabajar en otra área de nuestras vidas. Entonces quizás regrese y haga un trabajo aún más profundo en esa primera área. Nuestro trabajo en la santificación es rendirnos a la obra del Espíritu Santo y ser obedientes a las cosas que sabemos de Dios. Cuando pecamos, buscamos su perdón (1 Juan 1: 9), sabiendo que ya estamos seguros en Cristo. También le pedimos que nos renueve y refine continuamente. Anhelamos ser moldeados a su imagen para alabanza de su gloria. Dios es quien hace la obra de santificación. Es solo por Su gracia y por Su poder que podemos llegar a ser justos y poder verdaderamente agradar a nuestro Padre.

2 Corintios 3:18 describe bien la santificación progresiva: "Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu.”



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