Isaías 53:3 llama al Mesías "varón de dolores" porque soportaría profundo sufrimiento, rechazo y aflicción para traer salvación a la humanidad pecadora. Este pasaje, que forma parte del Cántico del Siervo, describe vívidamente el dolor físico y emocional del Mesías, incluido el hecho de que sería despreciado, herido y aplastado por nuestros pecados. El Nuevo Testamento revela que Jesús cumplió esta profecía y demuestra que Él es el Mesías, el varón de dolores que sufrió injustamente y cargó con nuestros pecados sin resistirse. El sufrimiento de Jesús tuvo un propósito: demostrar el plan de Dios para sanar y redimir a la humanidad mediante Su sacrificio. Jesús, como el Mesías y el varón de dolores, llama a los incrédulos al arrepentimiento. También llama a los creyentes a seguir Su ejemplo de paciencia y perseverancia en medio del sufrimiento.
Jesús, el Mesías, vino para sufrir y morir. Siendo perfectamente justo, entró en un mundo pecador que aborrece la justicia. Aunque era Dios, también asumió una naturaleza humana y se sometió al maltrato de hombres pecadores para cumplir la voluntad del Padre que lo había enviado con ese propósito (Juan 3:16–18; Isaías 53:10). El Padre permitió que fuera quebrantado para poner sobre Él "la iniquidad de todos nosotros" (Isaías 53:6; 1 Juan 4:10). Aunque fue llevado al matadero, el Cordero de Dios no se defendió (Isaías 53:7; Mateo 26:62–63), sino que se encomendó a la voluntad del Padre (1 Pedro 2:23).
Hay dos respuestas ante esta verdad. Para los incrédulos, la respuesta debe ser el arrepentimiento. Todos somos pecadores (Romanos 3:9–18) y merecemos la muerte eterna por nuestro pecado (Romanos 6:23). Sin embargo, como Jesús nunca pecó, no merecía morir. Cuando sufrió y murió, lo hizo como sustituto de la humanidad pecadora. Pero, si no te arrepientes ahora, recuerda que Jesús vino una vez—y solo una vez—como el Mesías sufriente. Regresará como Rey de reyes (Apocalipsis 19:11–21) para traer Su juicio justo y definitivo sobre quienes persistan en la incredulidad.
La otra respuesta corresponde a los creyentes. Recuerda que tu salvación no fue barata. Para vivir en perfecta obediencia, Jesús experimentó las mismas pruebas que nosotros, pero sin pecar (Hebreos 4:15). Por eso, para quienes hemos sido limpiados por Su sangre, Él es el ejemplo perfecto de cómo debemos vivir. El mundo nos odiará, así como lo odió a Él (Juan 15:18–19). Eso significa que enfrentaremos sufrimiento (Juan 16:33). Sin embargo, podemos observar cómo Jesús lo soportó y, con Su ayuda, permanecer firmes frente a los sufrimientos que Dios permita en nuestra vida. Cuando lo hacemos, mostramos al mundo cuán grande es Jesús.