¿Qué enseña la Biblia sobre la valentía?

La Biblia abunda en historias de valentía. Una de las palabras hebreas traducidas como "valor" significa "mostrarse fuerte". Moisés fue valiente cuando se enfrentó al faraón de Egipto y le ordenó que dejara ir al pueblo de Dios. Josué fue valiente cuando conquistó Canaán. El joven David fue valiente cuando enfrentó y derribó al gigante filisteo Goliat.

Sin embargo, lo más importante que dice la Biblia sobre la valentía es cuál debe ser la base de nuestro valor. La promesa de la presencia, el poder y la perseverancia de Dios con aquellos que han puesto su fe en Él es la base de nuestro valor. Por ejemplo, cuando Moisés nombró a Josué como su sucesor para liderar a los israelitas, le dijo a Josué: "Llamó entonces Moisés a Josué, y en presencia de todo Israel le dijo: ‘Sé fuerte y valiente, porque tú entrarás con este pueblo al territorio que el Señor juró darles a sus antepasados. Tú harás que ellos tomen posesión de su herencia. El Señor mismo marchará al frente de ti y estará contigo; nunca te dejará ni te abandonará. No temas ni te desanimes.’" (Deuteronomio 31: 7-8). Este mismo tipo de lenguaje se usa repetidamente en la Biblia. Otro ejemplo digno de mención es cuando el rey David anima a su hijo Salomón a construir el templo: "Además, David le dijo a su hijo Salomón: ‘¡Sé fuerte y valiente, y pon manos a la obra! No tengas miedo ni te desanimes, porque Dios el Señor, mi Dios, estará contigo. No te dejará ni te abandonará hasta que hayas terminado toda la obra del templo del Señor.’” (1 Crónicas 28:20).

Jesús animó a sus discípulos con palabras como: "Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo." (Mateo 28:20) y "Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo." (Juan 16:33). Prometió el Espíritu Santo que viviría con los creyentes para siempre (Juan 14: 16–17; Efesios 1: 13–14). De manera similar, Pablo acredita nuestra relación con Dios a través de Jesucristo como la base de nuestro valor cuando dice: "¿Qué diremos frente a esto? Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas? […] ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia? […] Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó." (Romanos 8: 31-37). El escritor de Hebreos afirma de manera similar: "Dios ha dicho: ‘Nunca te dejaré; jamás te abandonaré’. Así que podemos decir con toda confianza: ‘El Señor es quien me ayuda; no temeré. ¿Qué me puede hacer un simple mortal?’" (Hebreos 13: 5-6).

Hablando bíblicamente, solo podemos ser valientes si tenemos fe y confianza en el hecho de que Dios está con nosotros y es con nosotros. Esa confianza no solo inspira coraje, sino que también disipa lo contrario, nuestros miedos. Jesús, que es Dios encarnado, amonestó a sus seguidores con frecuencia a que no tuvieran miedo, sino que creyeran en él. Por ejemplo, dijo: "No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí." (Juan 14: 1).

Toda la vida de Jesús fue de valentía, desde calmar la tormenta en el mar de Galilea (Mateo 8: 23-27) hasta mantenerse firme contra las tentaciones de Satanás en el desierto (Mateo 4: 1-11). Jesús es el hombre más valiente del mundo. Quizás su acto más valiente es cuando venció el pecado, la muerte y el infierno al sacrificarse en la cruz del Calvario por aquellos que creerían en Él y se levantaron de los muertos para reinar a la diestra del Padre. Dios le dio el nombre que está por sobre todo nombre (Filipenses 2: 6–11). Al creer en Él y caminar en el Espíritu, los creyentes pueden vivir vidas valientes mientras luchamos contra el sistema de valores caído del mundo, nuestro propio pecado residual y el diablo mismo.

El verdadero valor significa creer que Dios está con nosotros y es por nosotros en Su naturaleza trina (Padre, Hijo y Espíritu Santo), que nada puede separarnos del amor de Dios en Jesucristo nuestro Señor (Romanos 8: 35–39), y luego vivir la verdad en nuestra vida diaria.



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