La teoría del desmayo afirma que Jesús no murió en la cruz, sino que simplemente perdió el conocimiento y luego recobró fuerzas en la tumba. Sin embargo, varios relatos del Nuevo Testamento confirman Su muerte, incluyendo la verificación de Pilato, las acciones de los soldados romanos y la herida en Su costado, de la cual salieron sangre y agua. Además, Jesús fue envuelto con especias aromáticas y vendas, lo que haría imposible sobrevivir y escapar físicamente de la tumba. Después de la resurrección, Jesús no se apareció a Sus discípulos como alguien que acababa de sobrevivir a una experiencia extrema y necesitaba atención médica. Más bien, se presentó vivo ante ellos. El análisis médico moderno también respalda que Jesús realmente murió, lo que hace que la teoría del desmayo sea médica e históricamente inverosímil.
En 1986, autoridades médicas examinaron los relatos de la muerte de Jesús y determinaron: "Claramente, el peso de la evidencia histórica indica que Jesús ya estaba muerto antes de que se le hiciera la herida en el costado, y respalda la postura tradicional de que la lanza, al ser introducida entre Su costilla derecha, probablemente perforó no solo el pulmón derecho, sino también el pericardio y el corazón, asegurando así Su muerte. Por consiguiente, las interpretaciones basadas en la suposición de que Jesús no murió en la cruz parecen estar en desacuerdo con el conocimiento médico moderno" (Journal of the American Medical Association, 21 de marzo de 1986, p. 1463). La teoría del desmayo no solo es improbable; sencillamente es imposible a la luz de la evidencia. Jesús no se desmayó en la cruz; murió. Por lo tanto, Sus apariciones después de Su muerte son evidencia clara de una resurrección física y corporal.