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¿Cómo puedo glorificar a Dios en todas las cosas?

Cada persona está formada por tres partes: un espíritu, un alma y un cuerpo. A medida que conocemos al Señor, debemos continuar glorificándolo más y más en cada área de nuestras vidas. Le damos gloria cuando nos parecemos a Él y lo reflejamos a los demás, ya que hemos sido creados a Su imagen (Génesis 1:27; Colosenses 3:10; Efesios 4:24).

Cuando nacemos de nuevo, nuestros espíritus son transformados. Podemos amar a Dios y amar a los demás con el amor que Él nos ha dado. Tomamos decisiones basadas en lo que es sabio y espiritualmente beneficioso: "Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31). Es evidente que un espíritu renovado se refleja por la presencia del fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas (Gálatas 5:22-23). Cuando caminamos en el fruto del Espíritu, eso da gloria a Dios. Debemos hacer toda nuestra labor como para el Señor, incluso si las circunstancias no son las ideales (Colosenses 3:23). Podemos dar gloria a Dios tratando a los demás con cariño y respeto a pesar de que no lo merezcan.

Debemos glorificar a Dios con nuestras almas. Debemos poner nuestras mentes, voluntades y emociones en las cosas que le agradan a Él: "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad" (Filipenses 4:8). Meditar en la Palabra de Dios nos da la fortaleza y la disciplina para glorificar a Dios en nuestro mundo interno, lo cual se traduce en nuestras acciones externas (Salmo 1; 119:11). El propio Jesús es nuestro mejor ejemplo de esto, ya que usó la Palabra de Dios para luchar contra la tentación del Diablo (Mateo 4:1-11).

Nuestros cuerpos físicos también son un medio por el cual glorificamos a Dios. Es natural que, cuando nuestros espíritus y mentes están puestos en Cristo, glorifiquemos a Dios con nuestros cuerpos. Primera de Corintios 6:19-20 dice: "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios". Este pasaje habla de la inmoralidad sexual y de la importancia de respetar nuestros cuerpos físicos absteniéndonos de comportamientos inmorales. Sólo por el hecho de que "podamos" hacer algo no significa que "debamos" (1 Corintios 6:12-20). Nuestros cuerpos físicos deben ser disciplinados para que podamos soportar la carrera que Dios ha puesto ante nosotros. Pablo dice: "Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado" (1 Corintios 9:26-27). Cuando mantenemos nuestro cuerpo disciplinado y fuerte, estamos dando gloria a Dios y nos aseguramos de que somos capaces de llevar a cabo todo lo que Él quiere que hagamos.

Una vida que trae gloria a Dios requiere que nos neguemos a nosotros mismos de nuestros malos deseos carnales (Lucas 9:23) y nos presentemos a Dios como "sacrificios vivos" para que Cristo pueda vivir y ser glorificado en y a través de nosotros (Romanos 12:1-2; Gálatas 2:20). Dios es digno de toda la gloria (Apocalipsis 4:11). Debemos esforzarnos por glorificarlo a través de nuestros deseos y acciones. Mateo 5:16 dice: "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". Debemos procurar vivir en cada una de las áreas de nuestra vida con el propósito de honrar a Dios y de darle gloria.

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