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¿Está bien orar en voz alta?

Hay ejemplos de oración pública que se presentan en la Biblia como modelos a seguir y oración pública que no es recomendable. La cuestión clave no es si las oraciones se dicen en voz alta o en público, sino el corazón de quien ora.

Jesús comparó las oraciones públicas de los hipócritas con su instrucción de que sus discípulos deberían orar en privado (Mateo 6: 5–6). Los hipócritas oraban en voz alta para llamar la atención y aparecer justos ante los demás. Jesús quería que sus seguidores oraran para ser vistos por el Padre, no por otros. Jesús a menudo se retiraba a lugares privados para orar, pero Jesús mismo en ciertas ocasiones oraba en voz alta (Juan 11: 41–42; 17). También enseñó a sus discípulos cómo orar (Mateo 6: 5–13), incluso dándonos un modelo de palabras junto con peticiones comunitarias. Sus discípulos también oraron públicamente, en voz alta (Hechos 8: 14-15; 16:25; 20:36). La iglesia primitiva se reunía a menudo para orar juntos (Hechos 1:14, 24; 2:42).

Cuando la Biblia desalienta la oración pública, no está condenando la acción de orar en voz alta o incluso públicamente, sino una actitud santurrona o jactanciosa de la persona que ora. Por ejemplo, en Lucas 18: 9–14, Jesús contrasta la oración de un fariseo con la de un recaudador de impuestos. El fariseo se pone de pie en medio de la gente en el templo y le agradeció a Dios que él no era como los pecadores que observaba. El recaudador de impuestos se mantuvo alejado y le pidió misericordia a Dios. Jesús dijo que el recaudador de impuestos "... volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido" (Lucas 18:14). Ambas oraciones fueron en voz alta. El problema, dice Jesús, no es la ubicación o la proximidad a los demás cuando se pronuncia la oración, sino la actitud del fariseo.

En Lucas 20: 46–47, Jesús dice que los escribas que hacen largas oraciones para "fingir" y hacen los arreglos para realizar buenas obras para que otros los vean y honren, solo recibirán condena. Nuestra relación con Dios debe ser santa e íntima, no ser alardeada o elevada para que otros la admiren.

Esto no es para condenar el orar juntos u orar en voz alta en público, ya que hay muchos ejemplos del pueblo de Dios uniéndose para orar. Más bien, debemos examinar nuestro corazón y motivos cuando oramos públicamente. ¿Lo estamos haciendo para nuestro propio beneficio o para parecer justos ante la multitud, o estamos realmente yendo ante nuestro Padre celestial y buscándolo con un corazón humilde en oración?

Cuando nos reunimos para orar (algo que debemos hacer), nuestro objetivo debe ser honrar a Dios y hablar de Su bondad, provisión y misericordia, no la nuestra. Efesios 5: 18–21 alienta: "[...] sean llenos del Espíritu. Anímense unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Canten y alaben al Señor con el corazón, dando siempre gracias a Dios el Padre por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo."

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