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Si Jesús es nuestra expiación, ¿por qué murió en la Pascua y no en el Día de la Expiación?

Al observar los diversos sacrificios de animales del Antiguo Testamento, vale la pena notar que cada uno de los diferentes sacrificios obligatorios de alguna manera tipificaba a Cristo. La Pascua, también conocida como sacrificio pascual, era una metáfora de Jesucristo como el Cordero perfecto de Dios. Las condiciones para el cordero pascual eran que debía ser un macho puro y sin mancha, sin ningún hueso roto. Jesús mismo cumplió esta condición, siendo un varón humano perfecto. Cuando Jesús fue crucificado, ninguno de Sus huesos se rompió, cumpliendo aún más la imagen de Él como nuestro Cordero Pascual (Juan 19:32-36). Los israelitas, por la fe, aplicaban el sacrificio de sangre del cordero pascual a los dinteles de las puertas de sus casas. Del mismo modo, hoy nosotros aplicamos por fe la sangre de Jesucristo a los dinteles de nuestro corazón, convirtiéndolo en nuestro Cordero de la Pascua.

En ocasiones, hay una objeción por considerar a Jesús como el sacrificio pascual, aduciendo que el sacrificio pascual no era expiatorio, aunque sí lo eran los sacrificios realizados en Yom Kippur (el Día de la Expiación). Cuando observamos la Pascua original, también existía una expiación, porque el sacrificio hacía provisión para salvar las vidas de las personas de la muerte (Éxodo 12:23).

La sangre de los corderos de la Pascua expiaba a los judíos en una noche que traía el juicio sobre los egipcios y la redención para los israelitas. El rabino Abraham ibn Ezra relaciona la Pascua con la expiación: "La marca de la sangre se diseñó como expiación para aquellos que dentro de la casa participaban de la ofrenda pascual, y también era una señal para que el ángel destructor pasara por la casa" (Soncino Chumash, pág. 388). Tanto los sacrificios del Yom Kippur como los de la Pascua servían para expiar el pecado humano eliminándolo de la vista de Dios.

Juan el Bautista reconoció a Jesús como el Cordero sacrificial de Dios cuando anunció Su llegada diciendo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". (Juan 1:29). El Nuevo Testamento se refiere a Jesús como "nuestra pascua" (1 Corintios 5:7). En Su cuerpo, Cristo calló ante Sus acusadores (Isaías 53:7), cargó con el peso de la ira de Dios por nuestros pecados (1 Pedro 2:24) y experimentó la muerte (Hebreos 2:9). El sacrificio de Jesucristo fue mejor que cualquier otro sacrificio porque Su sacrificio fue para siempre, haciendo provisión para quitar nuestros pecados una vez y para siempre (Hebreos 9:8-14).

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