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¿Por qué Jesús no quería que la gente hablara a otros de los milagros que realizaba?

Un milagro es un acto directo de Dios en una situación humana. En la Biblia, los milagros generalmente se realizaban a través de una persona o bien eran anunciados por ella. El propósito de los milagros era identificar a esas personas como siervos y profetas de Dios. Idealmente, la gente entendería que, si Dios decidió obrar a través de una persona, también elegiría hablar a través de esa persona. Aunque en ocasiones Dios utilizaba los milagros para ayudar a alguien personalmente, normalmente se utilizaban como introducción a un mensaje.

Los milagros de Jesús siguen este patrón. Hechos 2:22 dice: "Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él...". Dios certificó o dio testimonio de Jesús a través de los milagros que éste realizó. El propósito de los milagros no eran los milagros; era hacer que la gente escuchara lo que Jesús tenía que decir.

Sin embargo, en el transcurso de Su ministerio, Jesús utilizó los milagros simplemente porque tenía compasión de la gente (Mateo 14:14). No obstante, la sanidad física es siempre un asunto temporal. Conocer la verdad del evangelio tiene consecuencias eternas. La enseñanza siempre fue el objetivo (Marcos 6:34).

Lamentablemente, a veces los milagros se interponen en la enseñanza. Tal fue el caso cuando sanó al leproso que le contó a tanta gente que Jesús ya no podía enseñar en el pueblo (Marcos 1:40-45).

Esta no era una situación general. Algunas veces, Jesús dijo a los que habían sido sanos que difundieran la palabra (Marcos 5:19-20). Dependía de la situación. Si la difusión del milagro atraía a la gente a escuchar Su enseñanza, todo era bueno. Si la difusión del milagro sólo atraía a otros que querían un milagro sin la salvación de Dios que transforma la vida, era inútil (Marcos 8:36).

Los seres humanos son criaturas superficiales que con frecuencia eligen el bien temporal en vez del grande y eterno. Mientras que unos pocos individuos recurrieron a Jesús específicamente para escuchar Su enseñanza (Juan 3:1-2), las multitudes acudieron a él en busca de sanidad (Marcos 6:54-56). Algunos se quedaron para escuchar Su enseñanza (Marcos 6:34). Pero la gran mayoría que escuchó los milagros de Jesús lo traicionó al final porque no realizó el único milagro que querían: la independencia del dominio romano (Lucas 23:18-25).

Esta situación tiene una aplicación directa para nosotros hoy en día. Muchos ministerios se alimentan de historias de milagros. Testimonios de sanidad, riqueza y liberación hacen que la gente se acerque a la puerta. No obstante, toda la sanidad del mundo es inútil si la gente se niega a escuchar cómo pueden ser sanos espiritualmente para la eternidad. Cuando experimentamos milagros en nuestras propias vidas, debemos tener cuidado. A veces contarles a otros los animará a descubrir la verdad sobre Jesús por sí mismos. Pero a veces los llevará a la amargura cuando Dios no les da exactamente lo que quieren. Necesitamos tener la sabiduría de Jesús para reconocer la diferencia.

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