¿Cuál es la importancia de la oración de Ana (1 Samuel 2)?

En 1 Samuel 2:1-10 se encuentra lo que se conoce como "la oración de Ana". Para entender su significado, primero debemos conocer mejor a Ana, una mujer israelita que vivía cerca del final de la época de los jueces. Ana había sufrido la infertilidad en una sociedad que veía la maternidad como una señal de la bendición de Dios y la infertilidad como un motivo de vergüenza. En su angustia, oró al Señor pidiéndole: "si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí" (1 Samuel 1:11). Luego prometió que si Dios le daba un hijo, "lo dedicaré al Señor todos los días de su vida" (1 Samuel 1:11). Dios concedió la petición de Ana y ella cumplió su voto, dejando a su hijo Samuel para que sirviera en el tabernáculo y se formara en el sacerdocio tan pronto como tuviera edad suficiente para ser destetado (entre los tres y los cinco años). Al entregar así a su único hijo, Ana hizo una oración poética y profética que se registra en 1 Samuel 2:1-10.

La oración de Ana, que en realidad es un cántico de alabanza, se refleja en la oración de David registrada en 2 Samuel 22. Estos dos cánticos enmarcan la narración principal de 1 y 2 Samuel, y ponen de relieve los temas que se tratan en el relato. El cántico de alabanza de María, la madre de Jesús, conocido como el Magnificat, en Lucas 1:46-55, también refleja el cántico de Ana. Por eso, la oración de Ana se conoce a veces como el Magnificat del Antiguo Testamento.

Ana comienza diciendo: "Mi corazón se regocija en el Señor,...Por cuanto me alegré en tu salvación" (1 Samuel 2:1). Ana alaba al Señor mismo por haberla rescatado de su vergüenza, y no a su marido, ni a su propio cuerpo, ni a su hijo, sino que reconoce la mano soberana de Dios en su salvación. Luego Ana pasa a hablar más extensamente sobre quién es Dios y cómo se relaciona con los seres humanos que ha creado.

En 1 Samuel 2:2 dice: "No hay santo como el Señor; porque no hay ninguno fuera de ti, y no hay refugio como el Dios nuestro". En el siguiente relato, Dios derrotará al ídolo filisteo Dagón (1 Samuel 5:1-9).

En el versículo que le sigue, Ana declara: "Porque el Dios de todo saber es el Señor, y a él toca el pesar las acciones" (1 Samuel 2:3). Después añade: "Los saciados se alquilaron por pan" y también "El Señor mata, y él da vida" (1 Samuel 2:5, 6). En la narración, Dios se enfrentará al sacerdote Elí por el comportamiento perverso de sus hijos, diciéndole: "has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel". Dios traerá el juicio y "ambos morirán en un día", que se cumple durante una batalla contra los filisteos (1 Samuel 2:29, 34; 4:17-18).

El canto de Ana continúa: "Los arcos de los fuertes fueron quebrados, y los débiles se ciñeron de poder" y posteriormente "serán quebrantados sus adversarios, y sobre ellos tronará desde los cielos" (1 Samuel 2:4, 10). Esto prefigura la derrota de Goliat por parte de David y la derrota de los filisteos por parte de Israel (1 Samuel 17:45-47; 7:10).

En el versículo cinco, Ana afirma: "Hasta la estéril ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos languidece", una referencia obvia a su propia esterilidad, ahora superada, y a la segunda esposa de su marido, Penina, que anteriormente la había provocado durante su esterilidad (1 Samuel 1:6-7).

En los versículos siete y ocho, Ana dice: "El Señor empobrece, y él enriquece; Abate, y enaltece. Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor". Estas palabras prefiguran cómo Dios levantará a Saúl, "de Benjamín, de la más pequeña de las tribus de Israel", cuya familia es "la más pequeña de todas las familias de la tribu de Benjamín", para que sea el primer rey de Israel (1 Samuel 9:21). Después, Dios elegirá a David, el más joven de sus hermanos, para sustituir a Saúl como siguiente rey (1 Samuel 16:11). A Saúl, que había llegado a este lugar de poder y prestigio, le será arrebatado el reino de Israel porque "desechaste la palabra del Señor, y el Señor te ha desechado para que no seas rey sobre Israel." (1 Samuel 15:26). Del mismo modo, Nabal, un rico y próspero hombre de negocios que insulta a David, será herido de muerte por el Señor (1 Samuel 25:2, 38). Así pues, Dios exalta y humilla a muchas personas en el siguiente relato.

El cántico de Ana continúa: "Él guarda los pies de sus santos, mas los impíos perecen en tinieblas; porque nadie será fuerte por su propia fuerza" (1 Samuel 2:9). Esta frase presagia las muchas veces que Dios protegerá a David de sus enemigos, entre ellos Saúl, Goliat, Nabal, los soldados enemigos e incluso sus propios hijos.

La oración de Ana termina así: "El Señor juzgará los confines de la tierra, dará poder a su Rey, y exaltará el poderío de su Ungido" (1 Samuel 2:10). En el momento de esta oración, Israel era todavía una nación tribal gobernada por jueces, aunque esta frase profetiza la próxima transición de la nación a un reino y el fortalecimiento por parte de Dios de los reyes David y Salomón. En última instancia, el rey ungido que será exaltado por encima de todos los reyes es Jesús el Mesías.

Aunque esta oración profetiza acontecimientos venideros en la historia de la nación de Israel, no es de sorprender que Ana pronunciara estas líneas. Dios "es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Hebreos 13:8) y había estado obrando de esta manera mucho antes de que Ana diera a luz a un hijo. Dios había salvado a los israelitas rescatándolos de la esclavitud en Egipto. Derrotó a los dioses egipcios con las diez plagas (Éxodo 7-12). Hizo justicia contra Coré, Datán y Abiram (Números 16). Conquistó a todos los habitantes de la Tierra Prometida que habían parecido gigantes a los israelitas (Josué 23). Sara (Génesis 17; 21), Rebeca (Génesis 25) y Raquel (Génesis 30) habían sido estériles antes de dar a luz a sus hijos. Muchas personas ricas y poderosas habían encontrado su perdición mientras que Dios continuaba levantando a los oprimidos, a los segundones y a los desesperados que se volvían a Él. Dios protegió a Noé por su fidelidad (Génesis 6-9) y también a Caleb y Josué por la de ellos (Números 13-14). Así que Ana conocía estas verdades del pasado de su pueblo y había experimentado algunas de ellas en su propia vida personal cuando Dios la rescató de la vergüenza de la infertilidad. No obstante, bajo la influencia del Espíritu Santo, Ana entonó un cántico de alabanza a Dios como respuesta, profetizando no sólo Su inminente obra que se llevaría a cabo en 1 y 2 Samuel, sino también haciendo referencia al Mesías y a cómo Dios lo ha exaltado y le ha otorgado "un nombre que es sobre todo nombre" (Filipenses 2:9).



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