No juzgar - ¿Es eso bíblico?

Mateo 7:1-2 registra la enseñanza de Jesús: "No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido". Como resultado, muchos -cristianos y no cristianos- han asumido que no debemos juzgarnos los unos a los otros. Pero, ¿qué es lo que significa exactamente?

La palabra griega utilizada para "juzgar" en Mateo 7:1 es la misma que se utiliza para referirse a los juicios de Dios en Apocalipsis 19:11. En pocas palabras, "juzgar" es separar, determinar o pronunciar una opinión sobre el bien o el mal. Sólo Dios puede juzgar con exactitud, ya que sólo Él ve el corazón (1 Samuel 16:7; Salmo 139:1, 23-24).

Es interesante señalar que seguir el mandato de Jesús es una advertencia; seremos juzgados de la misma manera que juzgamos a los demás. Con frecuencia, cuando pensamos en aquellos que "juzgan", pensamos en personas hipócritas o santurronas. Cuando estamos dispuestos a juzgar a los demás, normalmente es porque queremos mejorar nuestro autoconcepto. Las personas que juzgan generalmente no viven de acuerdo con sus propias normas de moralidad. Para aliviar su propio sentimiento de fracaso o culpa, comienzan a compararse con los demás, normalmente condenando al otro con la intención de sentirse mejor.

Jesús profundizó en esto cuando dijo: "¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano" (Mateo 7:3-5). Cuando nos enfocamos en los defectos de los demás, quedamos ciegos ante nuestras propias faltas. Nos parecemos al siervo al que se le perdonó una gran deuda, pero que no tuvo la misma misericordia con un deudor de menor importancia (Mateo 18:21-35). Si no vemos nuestros pecados, no podremos disfrutar de la comunión con Cristo ni colaborar con Su obra de santificación. Nuestra ceguera también nos impide ser capaces de ayudar a otro creyente en el sendero de la justicia. Un ciego no puede guiar a otro ciego.

Aunque no debemos juzgar a los demás para condenarles, sí estamos llamados a discernir. Tenemos la responsabilidad de distinguir el bien del mal y la luz de las tinieblas (Isaías 5:20). Ante todo, debemos examinar nuestros propios motivos y nuestro corazón para ver si hay alguna viga oculta (Jeremías 17:9), aunque no podemos limitarnos a decir que no debemos juzgar y por eso tampoco podemos decir que algo está mal. Nuestro mundo está lleno de pecado y mentiras. Debemos juzgar estas cosas. Jesús dijo a Sus discípulos: "No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio" (Juan 7:24). Primera de Corintios 2:14-16 dice: "Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo". Cuando estamos sujetos a Cristo, podemos confiar en el Espíritu Santo para que nos dirija a la verdad y al buen criterio (Juan 16:13).

Debemos juzgar primero los asuntos de la verdad. Primera de Juan 4:1 advierte: "Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo". Después de haber juzgado lo que es verdad, quizás tengamos que juzgar a otra persona. Esto no quiere decir que condenemos a esa persona. Por el contrario, juzgamos las acciones de la persona y, por consiguiente, la forma en que debemos relacionarnos con ella. Si juzgamos a una persona por ser un falso profeta, teniendo en cuenta los criterios objetivos de la Palabra de Dios, no debemos escuchar sus enseñanzas. Si juzgamos que las acciones de un creyente no están alineadas con la Palabra de Dios, podemos corregirlo amablemente (Gálatas 6:1; 1 Timoteo 5:1-2; 2 Timoteo 3:16-17). Si se niega a cambiar, tal vez debamos dejar de relacionarnos con él como un creyente y hacerlo como lo haríamos con un incrédulo (Mateo 18:15-17).

La clave para entender las enseñanzas de Jesús es analizar la condición del propio corazón. Debemos hacer juicios apropiados sobre el bien y el mal, pero no por orgullo ni por arrogancia. No debemos ocupar el lugar de Dios cuando juzgamos. No debemos condenar a los demás. Sin embargo, debemos discernir y actuar debidamente de acuerdo con la verdad.



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