¿Cómo pueden los cristianos no ser de este mundo?

La frase "no es de este mundo" la encontramos en Juan 18:36 donde Jesús dice: "Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí". En el contexto, Jesús está hablando a Pilato, asegurando al gobernador que Él no estaba liderando una revolución política para derrocar a Roma; más bien, estaba liderando un movimiento espiritual que cambiaría los corazones de la gente para la eternidad.

Previamente, Jesús había orado: "Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Juan 17:14). Este versículo nos da una pista de por qué "no somos de este mundo": porque Jesús no lo es. Cuando nacemos en la familia de Dios, llegamos "a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia" (2 Pedro 1:4). Caminamos como caminó Jesús (1 Juan 2:6), y Él estaba fuera del sistema de este mundo, por decirlo de alguna manera. Este mundo se apoya en lo que puede ver, pero nosotros caminamos por fe, no por vista (2 Corintios 5:7).

Tenemos una perspectiva que no es la de este mundo. Nosotros, como Moisés, soportamos porque vemos lo invisible (Hebreos 11:27). Al igual que el fiel Abraham, el cristiano vive "como extranjero...porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios" (Hebreos 11:9-10). Como Jesús, podemos ver "todos los reinos del mundo y su gloria" y, también como Jesús, podemos rechazarlo todo (Mateo 4:8-11).

Tenemos tesoros que no son de este mundo. Buscamos "tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye" (Lucas 12:33). Nuestras riquezas no son materiales, sino eternas, "reservada en los cielos" (1 Pedro 1:4). El mundo lo quiere todo ahora; nosotros podemos esperar.

Tenemos armas que no son de este mundo. Nuestro enemigo es espiritual, al igual que nuestras armas y tácticas de batalla. "Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas" (2 Corintios 10:4).

Tenemos un poder que no es de este mundo. No confiamos en nuestras propias fuerzas ni en el poder terrenal, sino en el Espíritu de Dios (Zacarías 4:6). "Estos confían en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros del nombre del Señor nuestro Dios tendremos memoria" (Salmo 20:7). Vivimos con una paradoja: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Corintios 12:10) porque "mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo" (1 Juan 4:4).

Tenemos una paz que no es de este mundo. Nuestra paz en cualquier situación viene directamente de nuestro Señor, el Príncipe de la Paz: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da" (Juan 14:27). Nada puede quitarnos eso.

Tenemos un hogar que no es de este mundo. "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos" (Filipenses 3:20). Los que vivieron y murieron en la fe "confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra" (Hebreos 11:13). Este mundo no era su hogar, ni el nuestro. Esperamos la casa del Padre, donde "muchas moradas hay" (Juan 14:2). "Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir" (Hebreos 13:14).

"No ser de este mundo" significa que tenemos un llamado, un propósito y un destino más alto, es decir, celestial. Este mundo y sus prioridades se esfuman, pero el que hace la voluntad de Dios vive para siempre (1 Juan 2:17). "Lo que cuenta es una nueva creación" (Gálatas 6:15).



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