¿Nacemos todos en pecado?

Todos nacemos en pecado. Desde el momento en que entramos en este mundo hasta nuestro aliento final, tenemos una naturaleza pecaminosa. No importa si uno es un niño o un adulto, una persona "buena" o una "mala", todos somos pecadores. Pecar es no cumplir con los estándares perfectos de Dios o ir en contra de sus leyes. Todos los humanos tienen una tendencia natural a ir en contra de las cosas de Dios, como se hace evidente en algo tan pequeño como nuestra tendencia natural hacia el egoísmo. Debido a nuestro pecado, todos estamos separados de Dios y merecemos su castigo (Romanos 3:23; 6:23; Efesios 2: 1–5).

Nuestra naturaleza de pecado es heredada de Adán (Romanos 5:12; 1 Corintios 15: 21–22). Cuando Dios creó a Adán y Eva, los hizo a su propia imagen y sin pecado (Génesis 1: 26–27). Sin embargo, tenían la capacidad de tomar sus propias decisiones y decidieron desobedecer a Dios (Génesis 3). Al desobedecer a Dios, pecaron y se volvieron pecaminosos por naturaleza. Sus hijos heredaron esta naturaleza pecaminosa, los hijos de sus hijos y así sucesivamente. Toda la humanidad desciende de Adán y Eva, por lo tanto, toda la humanidad hereda una naturaleza pecaminosa o nace como pecadores. Romanos 5:12 explica: "Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron."

Nuestra naturaleza de pecado es parte de nosotros desde el nacimiento (Salmo 58: 3; Proverbios 22:15); nacemos en pecado. Incluso antes de que seamos conscientes del pecado, influye en nuestros cuerpos y nuestras acciones. El rey David escribió: "Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre." (Salmo 51: 5). Los niños tienen una inclinación natural a actuar egoístamente y se les debe enseñar a compartir y poner a los demás primero. Además, nuestros cuerpos ya son imperfectos al nacer y vulnerables, como resultado de vivir en un mundo caído debido al pecado.

Nuestra naturaleza pecaminosa no es algo que podamos vencer por nuestra cuenta. Aunque las personas pueden hacer cosas buenas, no son inherentemente buenas por naturaleza. Nunca podrán hacer suficientes buenas obras para expiar su pecado, ni pueden dejar de pecar simplemente por su propia fuerza de voluntad. Escribiendo a la iglesia en Éfeso, Pablo describe el estado de la humanidad sin Cristo: "En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo. Se conducían según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia. En ese tiempo también todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios." (Efesios 2: 1–3).

¡Pero hay esperanza! Jesucristo ha vencido el pecado. Jesús era completamente humano y completamente Dios. Al parecer la naturaleza pecaminosa se transmite de generación en generación a través del padre, por lo tanto, el nacimiento virginal significaba que Jesús no recibió una naturaleza pecadora. Jesús se convirtió en un hombre perfecto, viviendo una vida perfecta sin pecar. Al sacrificar su vida en la cruz, expió tanto nuestra naturaleza pecaminosa como nuestras acciones pecaminosas. Por lo tanto, "[…] si por la transgresión de un solo hombre reinó la muerte, con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo." (Romanos 5:17) Así como el pecado de Adán extendió el pecado por todo el mundo, el sacrificio de Jesús derrotó a todo pecado.

En esta vida siempre tendremos una naturaleza pecaminosa. Sin embargo, hay al menos tres promesas para aquellos que eligen entregar sus vidas a Jesús. Primero, su pecado no se cuenta en su contra; en Cristo somos completamente perdonados (1 Corintios 6:11; 2 Corintios 5:21). Segundo, serán fortalecidos por el Espíritu Santo para resistir la tentación de pecar y Jesús obrará para transformar sus corazones para que se asemejen más a Él (1 Corintios 10:13, 2 Corintios 5:17; Filipenses 1: 6; 2: 12-13). Finalmente, un día se reencontrarán con Dios en el cielo y estarán para siempre libres de pecado (Apocalipsis 21—22). En Jesús ya no necesitamos estar separados de Dios. No estamos obligados a nuestro nacimiento como pecadores, sino que podemos convertirnos en hijos de Dios: "Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios."(Juan 1: 12-13).



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