¿Qué es la mundanalidad? ¿Qué dice la Biblia acerca de la mundanalidad?

La mundanalidad en el corazón es nada menos que idolatría. Es intercambiar la verdad de Dios por una mentira y adorar y servir cosas creadas en lugar de al Creador (Romanos 1:25). El mundo fue creado por Dios y Él dijo que era bueno (Génesis 1:10). No hay nada inherentemente pecaminoso en el mundo material en sí mismo. El pecado reside en el corazón humano (Mateo 15:19). Cuando la palabra "mundo" se usa en las Escrituras, alguna veces se refiere al mundo creado. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, se refiere a la humanidad en su condición pecaminosa y caída, por lo que se opone a Dios y sus caminos. Cuando los hombres y las mujeres aman las cosas de este mundo más que a Dios, se ocupan en el comportamiento pecaminoso idólatra de la mundanalidad.

La mundanalidad puede tomar muchas formas, como “los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida” (1 Juan 2:16). Adán y Eva fueron culpables del pecado de la mundanalidad cuando eligieron creer la mentira de Satanás en lugar de la verdad de Dios y comieron el fruto prohibido en el jardín del Edén (Génesis 3: 6). Eva vio lo que era agradable a la vista y buena para la comida y eligió el fruto sobre la obediencia al Creador. En lugar de obedecer el mandato de Dios de someter y sojuzgar la tierra, la humanidad comenzó a amar y adorar las cosas creadas (Romanos 1: 22–23). Las personas hacen lo mismo hoy en día cada vez que aman algo más que a Dios mismo, ya sea riqueza, familia o incluso sus propias vidas (Mateo 10: 37–39; 19:22; Juan 12:25). Jesús nos dio el mayor mandamiento, que es amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, mente, alma y fuerza (Mateo 22: 37–38). Cristo cumplió lo que Él ordenó al vivir toda su vida para agradar a su Padre celestial (Juan 4:34). Por ejemplo, en el desierto, Jesús fue tentado por Satanás durante cuarenta días y cuarenta días noches sin comida (Mateo 4: 2–11). A diferencia de Adán y Eva en el jardín paradisíaco del Edén, Cristo respondió a las tentaciones de Satanás con la verdad de la Palabra de Dios y se negó a obedecer a Satanás. Su amor por Dios triunfó sobre las tentaciones del poder y placeres mundanos.

Como cristianos, estamos llamados a imitar a Cristo al negarnos a enamorarnos de este mundo. Esto no significa que no podamos disfrutar de las cosas buenas que Dios ha creado (Eclesiastés 3:13; 5:19; 1 Timoteo 6:17), pero debemos hacerlo dentro de los límites de protección establecidos por nuestro amoroso Padre celestial y reservar nuestras pasiones más elevadas y la mayor devoción para Dios mismo. Aunque no estamos llamados a retirarnos del mundo en reclusión monástica, tampoco debemos amarlo (1 Juan 2:15). En definitiva, tenemos que estar en el mundo mas no ser parte de éste. (Juan 15:19; 17:15). No debemos conformarnos con la mentalidad anti-Dios del mundo, pero debemos ser transformados por la Palabra y el Espíritu de Dios para que podamos conocer y hacer la voluntad de Dios (Romanos 12: 2). Siempre debemos recordar que somos extranjeros y peregrinos en este mundo (Hebreos 11:13). Este mundo no es nuestro hogar. Estamos pasando por este mundo al país celestial, donde viviremos con Dios para siempre (Hebreos 11:16; Filipenses 3:20; Apocalipsis 21: 3). Como Moisés, debemos elegir más bien ser maltratados con el pueblo de Dios que disfrutar los placeres fugaces del pecado (Hebreos 11: 24-26). Debemos obedecer al Príncipe de la paz, Jesucristo, en lugar del príncipe de este mundo, Satanás. Estamos llamados a poner nuestra mente en cosas celestiales y no cosas mundanas (Colosenses 3: 2). Debemos almacenar tesoros en el cielo en vez de hacerlo en este mundo, siendo ricos en fe y buenas obras (Mateo 6: 19–21; Santiago 2: 5; 1 Timoteo 6:18). Debemos vencer al mundo a través de la fe en Jesucristo (1 Juan 5: 4–5). Porque a diferencia de este mundo, que está desapareciendo, los que aman a Dios y hacen su voluntad permanecerán para siempre (1 Juan 2:17).



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