¿Podemos llamar las cosas a la existencia?

Algunas personas creen que tenemos el poder de "llamar las cosas a la existencia" o manifestar la realidad mediante las palabras que pronunciamos de forma audible y las cosas que nos repetimos en nuestra mente. Algunos predicadores de sanación y prosperidad usan frases como "decláralo y recíbelo", "tu confesión es tu posesión", "manifiéstalo" o "declara que es tuyo hoy" para supuestamente llamar a la existencia cosas como riqueza, un nuevo coche, o una promoción laboral. Pero, ¿puede la gente crear una realidad basada en expresiones verbales o incluso a través de una creencia sincera?

La respuesta corta es: No. El llamar las cosas a la existencia es una habilidad que solo Dios posee. Dios es todopoderoso. El relato de Génesis de la creación describe a Dios llamando ciertas cosas del mundo para que existan. "Y dijo Dios [...] Y así sucedió " es un patrón repetido en Génesis 1. Dios es el único que puede decir, "así es también la palabra que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos." (Isaías 55:11). Si bien es cierto que la humanidad fue creada a la imagen de Dios (Génesis 1:27), no tenemos ninguna razón bíblica para creer que llamar cosas a la existencia es parte de esto, ya que es un aspecto incomunicable del carácter de Dios.

Algunas personas usan 2 Corintios 4: 13–14 en apoyo de llamar cosas a la existencia. Esos versículos dicen: "Escrito está: ‘Creí, y por eso hablé’. Con ese mismo espíritu de fe también nosotros creemos, y por eso hablamos. Pues sabemos que aquel que resucitó al Señor Jesús nos resucitará también a nosotros con él y nos llevará junto con ustedes a su presencia." Sin embargo, si lee el pasaje anterior a este, es evidente que el "hablar" del que habla Pablo es predicar la Palabra de Dios. Creyeron en el evangelio y por eso lo hablaron por el poder de Cristo.

La gente también ha usado Marcos 11:24 para apoyar el llamar las cosas a la existencia. Dice: "Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán." Es cierto que hay poder en la oración, pero ese poder es Dios, no nuestras palabras. El propósito de la oración es conformar nuestro corazón al de Dios, no traer bienes mundanos a nuestras vidas. Santiago era consciente de esta mala interpretación de las palabras de Jesús, y responde a las personas que intentan usar a Jesús como una máquina expendedora: "Y, cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones." (Santiago 4: 3). La oración es hablar con nuestro Señor y tener una relación con Él, no una forma de obtener lo que queremos de Dios. Cuando verdaderamente buscamos a Dios y lo disfrutamos, estaremos satisfechos porque Dios es todo lo que nuestro corazón desea (Salmo 16:11; Salmo 90:14).

Lo peligroso de llamar cosas a la existencia es que a veces parece funcionar. Es cierto que nuestras palabras tienen poder (Proverbios 18:21), y si te dices una y otra vez que alcanzarás tus metas, es más probable que trabajes duro con confianza por ellas. Es cierto que debemos orar con fe, confiando en Dios en lugar de dudar (Santiago 1: 5-8). No debemos ser de doble ánimo en nuestras oraciones, usándolas como una opción en caso de que nuestro propio plan no funcione. Más bien, debemos someternos a Dios y confiar en Su Palabra.

Sin embargo, la capacidad de nuestras palabras para dirigir nuestros pensamientos, cambiar nuestros comportamientos y afectar a otros no es lo mismo que el poder de Dios para hacer que las cosas existan. La sinceridad o la cantidad de nuestra fe es inútil si el objeto de nuestra fe es defectuoso. No tenemos poder para manifestar nuestro propio destino o para crear realidades físicas o circunstanciales a través de encantamientos o pura fe. Si realmente conocemos a Jesucristo como Salvador y Señor, entonces el Espíritu Santo reside en nosotros y tenemos acceso al Padre a través de la oración (Hebreos 4: 14–16; 10: 19–23). ¿Por qué intentaríamos crear nuestra propia realidad cuando podemos ir directamente al Dios del universo que es todopoderoso, sabio y nos ama como hijos? Servimos al Dios de quien Jesús dijo: "Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!" (Mateo 7:11; cf. Mateo 7: 7–11; Lucas 11: 1–13). Dios conoce nuestras necesidades mucho mejor que nosotros y sabe cómo satisfacerlas de la mejor manera. Nuestra fe no está en nuestras propias palabras o en nuestro propio nivel de creencia. Nuestra fe está en el Dios que nos formó en el vientre de nuestras madres (Salmo 139: 13), que vino a rescatarnos del pecado y sus consecuencias, y que nos invita a una relación vivificante con Él.

¡Imagínate el tipo de cambio que verías en tu vida si en lugar de "llamar" a la prosperidad llamaras a la Palabra de Dios a tu vida! Imagínate si en lugar de tratar de expresar tu realidad deseada, llenaras tu mente con la Palabra de Dios para comprender Su voluntad para tu vida. Imagínate si, en lugar de intentar crear tu propio destino, llevaras tus peticiones a Dios en oración, confiando en que Él podría tener algo aún mejor, de valor eterno, reservado para tí. "Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros." (2 Corintios 4: 7). "Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén." (Efesios 3: 20-21).



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