¿Qué dice la Biblia sobre las fortalezas espirituales?

Una fortaleza se puede definir como "1. un lugar que se ha fortificado para protegerlo contra los ataques; 2. un lugar en el que se defiende o sostiene con fuerza una causa o creencia particular". Las fortalezas han sido diseñadas para ser un lugar seguro. Como creyentes en Cristo, necesitamos que el Señor sea nuestra fortaleza. Él es nuestro lugar seguro y nuestro refugio (Salmo 27:1).

En todo el Antiguo Testamento, Dios habla por medio de los profetas de cómo destruirá las fortalezas enemigas (Amós 1:7, 10, 12; Oseas 8:14). Aunque estas se refieren a fortalezas físicas, podemos establecer paralelos metafóricos con ellas. La palabra "fortalezas" se utiliza metafóricamente sólo una vez en el Nuevo Testamento. En 2 Corintios 10:3-5, Pablo escribe: "Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo".

Este pasaje nos enseña que las fortalezas espirituales son argumentos, opiniones arrogantes, y pensamientos que se levantan contra el conocimiento de Dios, o, se consideran más importantes que Él. Las fortalezas están arraigadas en el orgullo porque se apoyan en el yo. Nos llevan a tener un corazón orgulloso, patrones de pensamiento poco saludables, y pecados habituales que parece que no podemos superar. Todo aquello en lo que confiamos aparte del Señor puede convertirse en una fortaleza espiritual.

Ya que las fortalezas son espirituales, nuestra batalla para combatirlas tiene lugar en el reino espiritual y necesitamos luchar con armas espirituales. Efesios 6:10-18 dice que las armas de nuestra milicia no son armas carnales, sino espirituales, que nos permiten mantenernos firmes contra las asechanzas del Diablo. Estas son las armas que Dios nos ha proporcionado: "Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu" (Efesios 6:14-18a).

Si somos sabios, derribaremos las fortalezas espirituales en nuestras vidas utilizando estas herramientas espirituales, restaurando nuestra plena confianza en el Señor (Proverbios 21:22). Derribar fortalezas no es fácil, y cuando empezamos a luchar con toda seguridad experimentaremos oposición. Puede haber fortalezas espirituales carnales y demoníacas en nuestras vidas, familias e iglesias, sin embargo, el poder de Cristo nos permite ser libres de ellas y también nos da la capacidad de operar en Su poder para ayudar a que otros también sean libres de ellas. En vez de depender de nosotros mismos y estar en esclavitud, podemos confiar plenamente en Dios y en Su amor por nosotros y hacer de Él la única fortaleza que tenemos: "Señor, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio" (Salmo 18:2; ver también Salmo 94:22).

Aunque experimentaremos oposición cuando comencemos a destruir las fortalezas espirituales, podemos confiar en que al hacerlo estamos siendo utilizados por el Señor para edificar Su Iglesia, y Él no va a permitir que Satanás triunfe finalmente (Mateo 16:18). Jesús ya ha ganado la guerra. El Salmo 144:1-2 dice:

"Bendito sea Jehová, mi roca, quien adiestra mis manos para la batalla, y mis dedos para la guerra; misericordia mía y mi castillo, fortaleza mía y mi libertador, escudo mío, en quien he confiado; el que sujeta a mi pueblo debajo de mí".

Nuestra responsabilidad es ser guerreros de Cristo para derribar las fortalezas espirituales y librar las batallas espirituales aquí en la tierra usando las armas que Dios nos ha dado. A pesar de que estamos en una intensa batalla, podemos estar seguros de que estamos en el bando ganador.



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