¿Qué dice la Biblia?
La Biblia enseña que Dios no cambia. Su carácter, Sus promesas y Sus propósitos permanecen constantes a lo largo del tiempo. Santiago 1:17 afirma: “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación”. Sin embargo, también enseña que el Hijo eterno se hizo carne y habitó entre nosotros. Juan 1:14 señala: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. A primera vista, esto parece una contradicción: ¿cómo puede Dios permanecer inmutable y, sin embargo, hacerse hombre? La respuesta se encuentra en la naturaleza de la encarnación. El Hijo de Dios no dejó de ser divino ni alteró Su esencia divina. Por el contrario, asumió una verdadera naturaleza humana sin dejar de ser plenamente Dios. Filipenses 2:6-7 explica: “el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres”. Su naturaleza divina siguió siendo lo que siempre fue, incluso cuando entró en el mundo en el tiempo y el espacio. Esto significa que la encarnación no fue una modificación de Su divinidad, sino una adición de humanidad. Aunque Jesús experimentó cambios, limitaciones y sufrimiento en Su naturaleza humana, Su naturaleza divina permaneció eternamente inalterada. De este modo, la encarnación no viola la inmutabilidad de Dios.