En la iglesia primitiva, era inaudito que un creyente no se bautizara (Hechos 8:36, 38). Al igual que otros creyentes de aquella época, Pablo se bautizó poco después de ser salvo. Aunque en Hechos 22:16 pareciera indicar que fue salvo porque fue bautizado, hay un par de argumentos clave en contra de esa interpretación.
En primer lugar, ese mismo versículo relaciona el lavamiento de sus pecados con invocar el nombre del Señor (Hechos 22:16). Es decir, la expresión de su fe fue la parte clave de su salvación, y no el agua del bautismo. En segundo lugar, en el relato histórico de Hechos 9, lo vemos actuar como creyente y ser llamado creyente antes del bautismo. Véase, en particular, Hechos 9:11, así como la forma en que Ananías se refiere a él como «hermano» en Hechos 9:17. Por último, el resto
El bautismo no salva. En cambio, es una expresión externa y pública de la fe interna que salva. Sin embargo, aunque no salva, también es un mandato que se espera que cumplan todos los creyentes. Puede haber ocasiones en las que la sabiduría pastoral o las circunstancias lleven a retrasar el bautismo después de la confesión de fe. Sin embargo, eso debería ser siempre la excepción y no la regla.
Cuando Jesús dio Sus últimas órdenes a los discípulos, les dijo que hicieran dos cosas después de hacer discípulos: que los bautizaran y que les enseñaran (Mateo 28:19-20). Su intención clara era que todos los discípulos (todos los que son salvos) también fueran bautizados en agua. Lo ordenó porque es un acto simbólico que muestra públicamente que la lealtad total de un creyente le pertenece ahora al Señor (Romanos 6:3-4).
Así que, aunque el bautismo está estrechamente asociado con la salvación, cronológicamente viene después de ella. La salvación, en sí misma, viene solo por gracia mediante la fe y no por las obras, ni siquiera por la «obra» religiosa del bautismo (Efesios 2:8-9). Esto significa que lo primero es el arrepentimiento del pecado.
Todos nacemos como enemigos de Dios y bajo Su justa ira (Romanos 3:9-18; Juan 3:36). Sin la fe en Cristo, todos esperan inexorablemente que se desencadene el juicio final sobre ellos (Romanos 5:9). Por lo tanto, es un imperativo urgente que todos se arrepientan ahora mismo. Esa expresión genuina de fe es lo único que salva el alma.
Sin embargo, una vez que un hombre o una mujer se arrepienten y creen, el siguiente paso de obediencia que Jesús espera de ellos es la declaración de su nueva fe al mundo mediante las aguas del bautismo. El bautismo es un acto de gran alegría tanto como de obediencia a Cristo. Él, y solo Él, trae la salvación. Bautizarte es la primera acción pública que puedes hacer para hablarles a otros de tu compromiso con Jesús, igual que fue la primera que hizo Pablo, conmocionando tanto a creyentes como a incrédulos por su completo y radical cambio de perseguidor a defensor de Cristo (Hechos 9:19-22).