Amar a Dios es una decisión consciente de darle prioridad sobre todo lo demás. Las emociones y los sentimientos pueden acompañar este amor, pero no constituyen su fundamento, ya que el amor es una elección que tomas en respuesta al carácter de Dios y a Su amor incondicional por ti. Jesús hizo hincapié en amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas; como creyente, tú estás capacitado para hacerlo a través del Espíritu Santo que vive en ti.
A medida que eliges amar a Dios diariamente a través de acciones como orar, la obediencia y la confianza en Él en tiempos difíciles, experimentas Su paz y alegría, desarrollando así sentimientos más profundos. Tu decisión de amar a Dios enfrentará obstáculos, pero al continuar eligiéndolo, profundizas tu relación con Él y creces espiritualmente.
Amar a Dios es una decisión consciente, no solo una emoción, y requiere que elijas darle prioridad por encima de todo lo demás, incluso cuando tus sentimientos no sean intensos. Por ejemplo, elegir pasar tiempo con Dios al orar o leer Su Palabra cada día, aun cuando no tengas ganas, es una decisión intencional que profundiza tu relación con Él. Cuando decides hacerlo con regularidad, emociones como la paz y la alegría te acompañan a medida que experimentas la presencia y la transformación de Dios en tu vida. Del mismo modo, ante los desafíos, puedes elegir confiar y obedecer a Dios en lugar de ceder a las presiones externas, sabiendo que tu decisión de amarle formará tu carácter.
Encontrarás obstáculos en este camino. Una vida dedicada a amar a Dios contradecirá los valores del mundo. Tienes que seguir eligiendo amar al Señor en lugar de conformarte al mundo (Mateo 6:24; 1 Juan 2:15). Incluso tu propia mente luchará, generándote dudas y desafiando tu fe y obediencia hacia Él (2 Corintios 10:5). Debes priorizar la búsqueda de Dios por encima de cualquier otra cosa (Mateo 6:33), reconociendo que conocerle y amarle es tu mayor tesoro (Filipenses 3:8). Solo cuando eliges rendirte voluntariamente a Él, puedes amarle de verdad y reconocerle como el Dios de tu vida.