¿Habla la Biblia de la gestión de nuestras emociones?

En resumen:

Dios nos creó con una amplia gama de emociones. Aunque las emociones son naturales, debemos someterlas a Dios, pidiéndole que las ordene según Su Palabra y Su Espíritu.

¿QUÉ DICE LA BIBLIA?

Dios tiene emociones (Isaías 53:3; Salmo 7:11; 1 Reyes 11:9-10), y como fuimos diseñados a Su imagen, también tenemos emociones (Génesis 1:27). Aunque nuestras emociones son naturales, debemos evitar ser como Caín, Moisés o el rey Saúl, que dejaron que sus emociones los llevaran al pecado (Génesis 4:3-8; Números 20:1-12; 1 Samuel 18:7-11). Cuando nos invade la tristeza, debemos derramar nuestros sentimientos ante Dios, como hicieron Job, Ana y el rey David. Ya sea que vivamos momentos de alegría o de tristeza, debemos permitirnos experimentar las emociones propias de esos momentos (Eclesiastés 3:1-11). Si estamos emocionalmente cansados, debemos acudir a Dios (Salmo 34:18; Mateo 11:28-30; 2 Corintios 1:3-5), así como a los demás (Juan 17; Romanos 12:10, 13). Estar tristes no nos hace débiles, y estar enojados no es necesariamente un pecado (Efesios 4:26). Sin embargo, lo que hacemos con nuestras emociones puede ser pecaminoso, por lo que debemos ser sabios y apoyarnos en la fortaleza del Señor (Santiago 1:20; Efesios 5:18; Efesios 6:10-18). Incluso en nuestros momentos de mayor ansiedad, debemos llevar nuestras peticiones a Dios (Filipenses 4:6-7), sabiendo que Él es capaz de obrar todas las cosas para bien (Romanos 8:28) y que el dolor emocional que sufrimos en esta tierra es solo temporal (Apocalipsis 21:4).

DEL ANTIGUO TESTAMENTO

DEL NUEVO TESTAMENTO

IMPLICACIONES PARA HOY

Cuando experimentemos emociones fuertes, debemos expresar nuestros sentimientos más profundos a Dios. Él desea tener una relación íntima con nosotros. Como nuestro Padre (1 Juan 3:1), Amigo (Juan 15:12-17) y Consejero (Isaías 9:6), Él quiere escuchar nuestras emociones más profundas e intensas. Solo Él puede llevarlas por nosotros, ya que conoce nuestros corazones mejor que nosotros mismos (Salmo 139:1-4; Jeremías 17:9-10). Aunque las emociones son naturales y dadas por Dios, debemos gestionarlas para que los sentimientos (como la ira) no den paso a acciones pecaminosas o irracionales. También debemos poner a prueba nuestras emociones antes de actuar en consecuencia. Por ejemplo, podemos sentir desesperación porque tememos haberle fallado a Dios, olvidando que Él es misericordioso y está dispuesto a perdonar todos nuestros pecados (1 Juan 1:8-9). Por el contrario, debemos llevar nuestras emociones a Dios en oración, confiando en que Él nos guiará para comprenderlas y responder a ellas de una manera que le honre (Santiago 1:5; Proverbios 3:5-8). Debemos buscar Su sabiduría a través de las Escrituras, permitiendo que Su verdad modifique nuestra perspectiva y fundamente nuestros sentimientos en Sus promesas. Además, debemos confiar en el Espíritu Santo para que nos ayude a discernir si nuestras emociones se alinean con la voluntad de Dios o están influenciadas por tendencias pecaminosas (Romanos 6; Efesios 5:15-18). Al someter nuestras emociones a Dios, podemos experimentar Su paz, que “sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7). En lugar de dejar que nuestras emociones guíen nuestra percepción de la verdad, Dios puede transformar nuestras mentes (Romanos 12:2), y podemos experimentar los beneficios que de ello se derivan. En última instancia, debemos someter nuestras emociones a Dios y pedirle que nos ayude a ordenarlas de acuerdo con Su Palabra y Su Espíritu.

COMPRENDE

REFLEXIONA

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