Jesús fue circuncidado al octavo día de acuerdo con el pacto que Dios dio a Abraham y reafirmó a través de Moisés. María y José, como judíos devotos, cumplieron otros requisitos como la redención del primogénito y la purificación de Su madre. Este primer acto demostró que, incluso desde Su nacimiento, Jesús obedeció perfectamente la ley de Dios y se identificó con Su pueblo.
Su circuncisión formaba parte de Su misión de cumplir la ley por completo, convirtiéndole en el sacrificio perfecto y sin pecado por la humanidad. El ejemplo de Jesús te llama a vivir en fidelidad al pacto, marcado por la obediencia, la santidad y la devoción a Dios en todos los aspectos de la vida.
La circuncisión de Jesús demuestra que, desde el principio de Su vida terrenal, se comprometió plenamente a obedecer la ley de Dios. Entró en el signo del pacto dado a Abraham, identificándose con el pueblo de Dios y cumpliendo todos los requisitos de justicia. Jesús no vino simplemente a enseñar o a curar; vino a entrar de lleno en tu mundo, a vivir bajo los mandamientos de Dios y a obedecerlos perfectamente en tu nombre. Su circuncisión apunta a ser Aquel que cumpliría perfectamente la ley para poder ser el sacrificio perfecto por tus pecados.
Tú también estás llamado a seguir a Jesús con la misma devoción de todo corazón. Aunque ya no estás sometido a los requisitos ceremoniales de la ley, estás llamado a vivir en fidelidad al pacto: apartado, obediente y viviendo según el Espíritu de Dios, la marca de tu relación de pacto con Dios. El ejemplo de Jesús te desafía a tomarte en serio los mandamientos de Dios, incluso en las cosas pequeñas, y a vivir de un modo que refleje tu identidad como parte del pueblo de Dios. Al igual que la circuncisión marcó a Jesús como perteneciente a Dios, tu vida debe estar marcada por la santidad, la obediencia y la voluntad de honrar a Dios en todos los aspectos de la vida.