Las Escrituras establecen una clara distinción entre probar y tentar. Aunque Dios prueba a Su pueblo para fortalecer su fe o revelar su carácter (como con Abraham en Génesis 22), nunca lo tienta a pecar. Santiago 1:13 afirma explícitamente que Dios no tienta a nadie, diciendo que la tentación surge de nuestro interior. La santidad de Dios excluye cualquier participación en tentar a alguien al mal.
Génesis 22 muestra que Dios probó a Abraham para probar que temía al Señor (Génesis 22:12). Esta prueba profundizó la fe y la confianza de Abraham, revelando lo que ya había en su corazón. Del mismo modo, Dios probó a Israel en el desierto (Deuteronomio 8:2), no para causarle un fracaso, sino para humillarlo y enseñarle la dependencia.
Cuando como cristiano te enfrentas a la tentación, nunca es obra de Dios. Por el contrario, la Biblia dice que somos atraídos por nuestra propia naturaleza pecaminosa (Santiago 1:14-15). Puede que Satanás intervenga en el proceso, pero la causa decisiva del pecado está en ti. Dios permite las pruebas e incluso las ordena soberanamente, pero permanece irreprochable. De hecho, Él te promete que nunca permitirá que seas tentado más allá de lo que puedas soportar (1 Corintios 10:13).
Dios es siempre perfectamente bueno y nunca te pone en una posición en la que debas pecar, por lo que debes rechazar cualquier teología o experiencia que culpe a Dios de tu tentación. La línea que separa la prueba de la tentación es clara: la prueba es para tu bien; la tentación es interior. Cuando pecas, la culpa es tuya. Dios no se complace en tu fracaso: te llama a la santidad.
También debes repensar lo que significa ser “probado”. Como Abraham o Job, las pruebas no son para que Dios aprenda algo nuevo sobre ti (Él ya lo sabe), sino para que tú aprendas lo que realmente hay en tu corazón. Las pruebas te revelan a ti mismo.
Además, puedes encontrar consuelo en saber que Dios no permite ninguna tentación sin proporcionarte un camino de fidelidad. Nunca te faltan recursos. En particular, las Escrituras, la oración, el Espíritu Santo y la iglesia son medios que Dios te proporciona para escapar del pecado hacia el que se siente atraído tu corazón.
Por último, debes desarrollar una postura de humildad. Cuando seas probado, debes hacer eco de Jesús sometiéndote a la voluntad del Padre, confiando en Su bondad y resistiendo la tentación con la verdad de las Escrituras. La vida cristiana no consiste en culpar a Dios de tus fracasos, sino en apoyarte en Él para que te dé fuerzas para resistir cuando tu yo interior desea pecar (Santiago 1:13-14).