Cuando las Escrituras dicen que “Dios no es hombre” (Números 23:19), se refieren al carácter de Dios, sin negar la posibilidad de que Él pueda entrar algún día en la historia humana. En ese pasaje, Dios se contrapone a la debilidad humana, concretamente a la tendencia a mentir, cambiar o incumplir promesas.
La Escritura también enseña que Jesús es el Hijo eterno de Dios (Juan 1:1). En un momento concreto de la historia, el Hijo añadió verdadera humanidad (Juan 1:14) sin dejar de ser plenamente divino.
Esto significa que Jesús tiene dos naturalezas. En Su naturaleza divina, Jesús comparte la misma fidelidad inmutable descrita en Números 23:19; dice la verdad, cumple las promesas y revela perfectamente al Padre (Juan 14:9). En Su naturaleza humana, Jesús experimentó la vida humana real, incluyendo el hambre, el sufrimiento y la muerte, todo ello sin pecar (Hebreos 4:15).
Las Escrituras afirman ambas verdades: Jesús es como tú en humanidad y distinto a ti en pecado, sin dejar de ser plenamente Dios (Filipenses 2:6-8).
¿A quién te pareces? ¿Es tu nariz la de tu padre y tu frente la de tu madre? Quizá el color de tu pelo es de tu bisabuela y tu talento musical es de tu abuelo. Como los ingredientes que se echan en una sopa, tus rasgos proceden de muchas fuentes.
Pero, sobre todo, estás hecho a imagen de Dios. Sin embargo, a pesar de ser portador de esa imagen, estás marcado por el pecado. Números 23:19 es uno de los muchos recordatorios de las Escrituras de por qué no eres como Dios. Aunque Él no puede mentir (Tito 1:2), tú sí lo haces con frecuencia. Él es fiel, pero tú no. Él es perfecto, pero tú estás lejos de serlo.
Por eso Jesús es tan importante. Para salvarte, Dios no relajó Sus normas. En lugar de eso, envió a Su Hijo perfectamente justo para que asumiera la humanidad y la viviera como debía ser vivida.
Jesús compartió plenamente tu humanidad, pero no compartió tu pecado. Donde cualquier otro ser humano ha fallado, Él obedeció perfectamente. Donde tú mientes y cambias, Él permaneció fiel y verdadero. En Él, el carácter de Dios se mostró en una vida humana.
Considerar todo esto debería hacerte sentir aún más agradecido de que Jesús se dignara sacrificarse por ti. Esperas la vida eterna porque Él se rebajó a entrar en este mundo para morir por ti.