Un milagro es un acto extraordinario de Dios que desafía las expectativas normales de la naturaleza o las circunstancias. Dios no está sujeto a las leyes de la naturaleza porque Él hizo la creación y sus “leyes”. A lo largo de las Escrituras, Él obra milagros para glorificarse, rescatar a Su pueblo, validar a Sus mensajeros y llevar a cabo Su plan redentor. Por lo tanto, los milagros no son muestras aleatorias de poder, sino señales intencionadas que señalan el carácter y la voluntad de Dios.
En el Antiguo Testamento, a menudo acompañaban a la liberación, como la división del mar Rojo (Éxodo 14), o al juicio, como la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 19:1-29). En el Nuevo Testamento, marcaron la llegada del Mesías (Lucas 1–2) y la fundación de la iglesia (Hechos 2). Estos actos nunca fueron fines en sí mismos, sino testimonios de verdades mayores.
Dios sigue siendo capaz de obrar milagros hoy en día, pero lo hace según Su propia sabiduría y en el momento oportuno. Los milagros nunca están garantizados ni son normativos, y sus afirmaciones siempre deben ser contrastadas con la verdad de las Escrituras. El milagro principal que sigue ocurriendo hoy es el milagro de la salvación, la resurrección espiritual de un pecador. Es la mayor muestra de Su poder sobrenatural.
Creer que Dios es un Dios de milagros no significa que esperes que te conceda un milagro siempre que lo desees. Significa que confías en que Él puede actuar y actúa de maneras extraordinarias para cumplir Su perfecta voluntad. ¡Qué grandioso es pensar que sirves a un Dios que no está confinado por límites naturales!
Sin embargo, al pensar en los milagros de Dios, debes moderar tus expectativas. Las Escrituras nunca prometieron intervenciones milagrosas en la actualidad. De hecho, aunque la Biblia registró muchos milagros, cada uno de ellos se hizo con el propósito específico de glorificar a Dios y demostrar que Jesús es quien dice ser. Dios es completamente capaz de hacer cualquier cosa que Él quiera, incluyendo hacer un milagro hoy. Sin embargo, con mucha más frecuencia, Él te sostiene y te hace crecer a través de las pruebas en lugar de hacer desaparecer tus problemas (Santiago 1:2-4). De cualquier manera, Su poder está actuando.
Además, tu fe no debe descansar en los milagros, sino en la inquebrantable Palabra de Dios, que Pedro calificó de “más segura” que ver algo asombroso (2 Pedro 1:19). Ciertamente, debes regocijarte cuando Dios sana o rescata a alguien, pero debes regocijarte aún más en el milagro sutil y diario de corazones y vidas transformados a través del evangelio.
El Dios de los milagros te humilla. Todo —la salvación, la santificación y el crecimiento de la iglesia— no es el resultado de procesos naturales. Por el contrario, son obras sobrenaturales de la gracia. Esto te recuerda que tu confianza no debe estar en lo que puedes hacer, sino en lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por Su poderosa mano.