Nuestros pensamientos son una de las cosas más privadas que tenemos como seres humanos. A menos que hablemos abiertamente de ellos, nadie más puede conocerlos. A menudo, esto nos da una sensación de seguridad y protección. Sin embargo, hay una Persona que conoce cada uno de nuestros pensamientos y aun así nos ama. No hay nada que Dios no sepa, nada que Él no sea, ni nada que Él no pueda hacer (Salmo 139). No debemos temer el compartir nuestros pensamientos con Dios, porque Él ya los conoce (1 Crónicas 28:9; Salmo 91:15; Efesios 4:22-32).
En Isaías 55:8, el profeta Isaías escribe: “Porque Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son Mis caminos», declara el Señor”. Dios piensa y actúa de maneras que superan nuestra imaginación humana. Dios no necesita aprender ni que le enseñen nada, porque Él es perfecto en todos los sentidos (Salmo 18:30; 1 Juan 3:20). Dios es nuestro maestro, y a través de Su Palabra podemos llegar a conocerlo a Él y Sus caminos (Juan 13:13). Él conoce el final desde el principio y tiene la respuesta a todos los porqués que enfrentamos (Isaías 46:10). Ninguno de nuestros pensamientos es demasiado para Dios. Al contrario, Él los conoce, puede manejarlos y es Quien nos ayuda a transformarlos (Romanos 12:2). A algunos les puede parecer aterrador que Dios sepa todo lo que pensamos, pero Él nos promete gracia y misericordia (Efesios 2:8-9; Tito 2:11; Hebreos 4:16; 1 Juan 1:9). A Él no le interesan nuestros pensamientos para condenarnos, sino para construir una relación íntima con nosotros a través de Jesucristo. No importa quiénes seamos, qué hagamos o adónde vayamos, Dios siempre está atento a nuestros corazones, especialmente a los de aquellos que proclaman que Él es el Señor (Deuteronomio 4:39; Proverbios 3:1; Romanos 10:9; Filipenses 2:11). Si hemos aceptado que somos pecadores y hemos creído que Jesús murió y resucitó, entonces debemos sentirnos reconfortados, pues tenemos un Padre que nos ama y nos conoce más de lo que podríamos amarnos o conocernos a nosotros mismos. Lejos de temer que Dios conozca nuestros pensamientos, podemos encontrar consuelo en la profundidad de Su conocimiento y en la inmensidad de Su amor por nosotros. Primera de Juan 3:20 nos anima: “en cualquier cosa en que nuestro corazón nos condene. Porque Dios es mayor que nuestro corazón y Él sabe todas las cosas”.